jueves, 11 de junio de 2026

En Wanderley, una residencia de Sao Paulo

En el aeropuerto de Sao Paulo, después de las gestiones de rigor para recibir la maleta y poder entrar al país, pude salir al hall donde me estaba esperando Kuki, un ingeniero japonés nacido en Brasil que hablaba solo el portugués y un poco de japonés. Le habían dado mis datos para que me recoja y me lleve al hospedaje donde me iba a quedar. No era tan difícil dar conmigo porque era el único sacerdote que viajaba en ese vuelo. Él pensaba que yo dominaba el portugués, me saludó y empezó a preguntarme muchas cosas que yo no podía entender. Nadie le había dicho que yo no conocía el idioma. Verse con alguien que no le entendía le puso un poco nervioso. Hicimos lo que había que hacer: ir al carro y trasladarnos al alojamiento.

Al subir al automóvil me hace entender que demoraríamos cerca de una hora antes de llegar a la casa. El tiempo fue suficiente para hacer intentos de entendernos mejor. Procuramos hablar despacio en nuestros propios idiomas y así conseguimos una aceptable comunicación.

El portugués es muy claro y fácil cuando se lee y si alguien se esmera en pronunciarlo despacio se puede entender bastante bien; a ellos les pasa igual con el castellano. Ambos hablábamos en cámara lenta, casi en infinitivo sin usar artículos y pronombres, y así pudimos entendernos mejor, él me pudo contar algo de su familia y de su trabajo y yo también le dije quién era, de dónde venía y dónde estaba trabajando. De vez en cuando me interrumpía para que viera algo en el camino. Casi no pude ver, porque estaba pendiente de mi primera conversación en portugués y porque traía encima el peso del viaje.

Después recorrer algunos kilómetros por una buena autopista, con un tráfico fluido, entramos en la ciudad y enseguida llegamos a una residencia de profesionales situada en un barrio residencial llamado Perdices. Allí me esperaban para alojarme unos días antes de mi partida a Curitiba.

La casa era un edificio de cinco pisos muy bien puesta, tenía una buena biblioteca, un oratorio y varias salas de estar. Se llamaba Wanderley, que era el nombre de la calle. La frecuentaban profesionales de distintas carreras para asistir a clases o conferencias de formación humana y profesional. Cuando llegué era la hora de la comida. En la mesa conocí a los que vivían allí, lógicamente todos querían informarse sobre el Perú y se armó una larga tertulia de sobre mesa acompañado de un exquisito café brasilero. Todos eran de una amabilidad impactante, se preocuparon de darme los datos necesarios para mi estancia en Brasil y me contaron de la situación política y social de su país.

Lo del idioma no fue problema porque en esa casa la mayoría sabía castellano. Allí me di cuenta que los brasileños saben más castellano que los peruanos el portugués. Ellos consideran al castellano la lengua más importante después del inglés y me atrevería a decir que en Brasil hay más gente que habla castellano que inglés. Uno de ellos decía que muchos brasileños entienden mejor el castellano que el portugués que se habla en Portugal.

Junto a los chocolates que había comprado les deje algunas publicaciones mías. Celebraron mucho cuando les enseñé el libro que había escrito sobre la corrupción, uno de ellos me lo pidió con la intención de sacar una edición en portugués; era el tema del momento, al día siguiente pude leer en los periódicos los escándalos de corrupción de varias autoridades de São Paulo; creí que todavía estaba en el Perú.

En Brasil hay 3 periódicos importantes que son equivalentes a «El Comercio» e incluso tienen el mismo formato, “O Estado de São Paulo», «O folha de São Paulo» y » O Globo» de Río de Janeiro.

Los Estados, como el de São Paulo, son autónomos y tienen sus legisladores. Brasil más que un país parece un continente, tiene 8 millones de kilómetros cuadrados y aunque el terreno es accidentado hay pocos cerros, el monte más alto está en la Amazonía y mide 3,000 mts de altura sobre el nivel del mar. São Paulo está a 800 mts. Es una ciudad tropical y calurosa, aunque no tanto como Río de Janeiro y muchas otras que suelen tener una temperatura más elevada. Esa noche dormí como un niño.

 

Un paseo por Sao Paulo

Al día siguiente salí a conocer la ciudad con Alfredo, un español que lleva más de 40 años en Brasil, está atravesando la década de los 70 años, pero se le ve muy saludable y animoso. Desde el primer momento se ofreció para sacarme a pasear.

Por la mañana me llevó en su carro por los barrios residenciales. Me impresionó ver la cantidad de edificios metidos entre árboles y calles empinadas, como las de San Francisco. El tendido eléctrico va por fuera como en el Perú y desde cualquier sitio se ven las antenas de los canales de televisión y de las empresas de telefonía.

Todo en su conjunto hacen una bonita ciudad donde parece que los arquitectos están en plena competencia, porque los modelos y diseños de los edificios resaltan por su originalidad. Mi viaje coincidió con el fallecimiento de Oscar Niemeyer, uno de los arquitectos más renombrados del país, que tiene obras por todas partes con un estilo modernista bastante atrevido y muy suyo. Él es uno de los creadores de la moderna Brasilia.

El recorrido por los barrios residenciales me llevó casi toda la mañana. Entre las grandes avenidas y hermosos parques me llamó la atención una calle donde están las tiendas que venden los carros más lujosos y más caros del mundo. Hay que tener en cuenta que Brasil es un país con un régimen de izquierda donde hay unos impuestos fuertes para ayudar a los más pobres y a la población indígena.

También en Brasil existen varias fábricas y ensambladoras de vehículos que luego exportan a los demás países de Sudamérica. Por las calles se ven carros nuevos de todas las marcas y modelos, aunque no están de moda las 4 x 4 que se ven en las calles de Lima. La gente tiene su automóvil, pero la mayoría utiliza los transportes públicos para ir a sus trabajos. Los carros los sacan para hacer alguna gestión, o para los paseos familiares de fines de semana o días de fiesta. El metro es limpio y moderno, hay varias líneas que atraviesan la ciudad, los vagones son bastante cómodos y cualquiera puede viajar en ellos.

Terminamos esa mañana visitando el instituto Superior de Ciencias Sociales, donde se dan clases de humanidades a estudiantes universitarios y profesionales jóvenes. Hay un curso muy interesante para periodistas; nos contaron que por allí han pasado prestigiosos comunicadores del país.

Tienen también en proyecto unas actividades para administración de empresas. Todo en su conjunto es una obra corporativa del Opus Dei que tiene convenio con ese Instituto Superior de Investigación de empresas de Barcelona IESE, de gran prestigio internacional. El ISCS es un moderno edificio de 10 pisos con excelentes instalaciones, parecido al PAD de la Universidad de Piura en Lima. 

Desde que llegamos nos atendieron muy bien y nos explicaron el trabajo que se hacía allí con alumnos brasileños y sudamericanos, entre ellos había algunos del Perú. En Brasil llama mucho la atención la gran variedad de extranjeros que viven y trabajan en el país. Hace muchos años un tercio de la población de São Paulo eran italianos, también existen colonias alemanas, holandesas… En Curitiba, donde es el curso al que voy a asistir, hay todavía una numerosa colonia de polacos.

También me explicaron allí que en Brasil es casi imposible fundar una universidad porque las leyes son muy complicadas, en cambio sí era fácil poner una facultad que puede dar títulos de maestría y doctorado. A eso apuntan los del ISCS. Nos hicimos unas fotos y nos despedimos de ellos.

Por la tarde dejamos el carro estacionado y tomamos metro para ir al centro. Fue una experiencia muy interesante.  Es moderno, lleno de escaleras mecánicas y muy bien iluminadas y señalizadas. En general puedo decir que me sorprendió lo ordenado y limpio que está todo y la amabilidad de trato que tiene el brasileño en general, siempre están dispuestos a darte una mano en lo que haga falta y se expresan con mucha delicadeza.

En São Paulo a toda hora se ve gente circulando por las calles, igual que en Europa caminan rápido, en las estaciones del metro todo el mundo corre de un lado para otro en todas las direcciones, tratando de llegar a sus destinos.

Conocí la Catedral de estilo gótico, hermosa y gigantesca; muy cerca de allí visité en convento de San Benito que tiene una iglesia con adornos y muchas pinturas orientales tipo bizantino, a las horas litúrgicas los monjes cantan los salmos y la Iglesia se llena de gente, también cuando cantan gregoriano en las Misas.

Muy cerca de ese convento están los edificios del Poder Judicial que tienen una historia peculiar. Son dos edificios gemelos, en el primero se empiezan los procesos y en el segundo se hacen las apelaciones.  En el centro antiguo combinan muy bien los edificios de los años 30 y 40 con los modernos rascacielos. En uno de ellos, que está muy cerca de la catedral, y que debe ser de los más antiguos, el propietario mandó construir en el último piso una casa estilo Luis XV, desde abajo se ve el contraste de la originalidad. No queda mal.

Tomamos nuevamente el metro para salir del centro, al entrar en la estación me enseñaron una nueva línea, recién instalada, que no tiene maquinista. Las máquinas las manejan desde una oficina con los datos que envían las cámaras que están en todas las estaciones. Uno no se lo cree hasta que lo ve. También me explicaron que las personas que tienen más de 65 años no pagan en los medios públicos, (se llaman Idosos). A mí me faltaban unos pocos años para tener ese derecho.

Nos bajamos en la vía paulista, que podría ser la principal de São Paulo, estaba repleta de gente. Nos detuvimos en la librería La Cultura, que es inmensa, como todo Ripley de Lima, pero solo de libros. La librería tenía expertos en cada tema y salas de lectura para los clientes, además un café muy bien puesto.  Estuvimos un buen rato viendo los libros y aprovechamos para descansar del trajín que traíamos de las caminatas por el centro.

Al salir de la librería dimos una vuelta por el centro comercial mirando el gentío y las enormes tiendas, después pasamos por una calle donde pude ver un enorme rascacielos construido sobre una casa antigua con jardín. El edificio podría tener unos 40 pisos y está apoyado en los costados de la casa como si fueran los muros del contorno. Cuando se pasa por esa calle se ve la residencia con un jardín elegante y una enorme mole encima.

Regresamos a Wanderley a la puesta del sol. Eran las 8.00 pm, la hora del Jantar, que significa la hora de la comida. No existe traducción para la palabra desayuno, le llaman: el café de la mañana. Gracias a Dios hubo sol todo el día y no había nada de calor, el termómetro marcaba 23 grados. Al terminar de comer empezó una tormenta de padre y señor mío, con rayos y truenos, algo habitual en São Paulo. Abrí la ventana y la contraventana de mi habitación para ver el espectáculo, pero como estaba tan cansado me acosté y enseguida me quedé seco. (P. Manuel Tamayo. Página Web: alpakana.org).

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