EN LA COMISIÓN DE ÉTICA DEL PODER JUDICIAL
El año 2010, un compañero de colegio, Javier Villa Stein, que era presidente de la Corte Suprema, me llama para que lo ayude en la comisión ética del poder judicial. Con Javier coincidí en la década de los años 50 cuando estudiábamos 5to de primaria en el colegio SSCC Recoleta, que todavía quedaba en la Av. Uruguay de Lima, cerca de la plaza Francia, donde está la parroquia de la Recoleta.
Cuando lo fui a ver me presentó a Luis Vargas Valdivia, ex procurador de la República, a Manuel Rodríguez Cuadros, Canciller y diplomático y a Juan Velit Granda, internacionalistas. Los cuatro juramos como asesores de la comisión ética del poder judicial.
Mi trabajo, ad honorem, sin ninguna remuneración, consistía en asistir a unas reuniones una vez a la semana, para asesorar en los asuntos éticos y morales en los direccionamientos del Poder Judicial y en lo que atañe a los mismos magistrados, para garantizar una coherencia ética en sus conductas.
Como se puede ver nuestras propuestas no eran vinculantes, se tenían en cuenta en la teoría de los argumentos. A mi me daban siempre la razón, pero no pasaba nada, todo seguía igual.
Recuerdo que un día nos llamaron para opinar sobre una investigación sobre las alteraciones que habían encontrado en la hoja de vida de algunos magistrados. Era solo ver y dar nuestro parecer sin mayores consecuencias.
Las reuniones en la Corte
Otro día nos reunimos con los decanos de derecho de varias universidades del país. Estaba el presidente de la corte suprema, la comisión de ética y algunos invitados como el representante de la contraloría y el defensor del pueblo. El tema era ver porqué los egresados de derecho no querían seguir la carrera judicial. La primera respuesta era evidente: el prestigio de los magistrados del Poder Judicial estaba muy bajo.
Ese día tuve la oportunidad de decirles, que los profesores de derecho de las universidades peruanas promocionaban a sus alumnos para que tengan éxito siendo abogados de grandes empresas o de estudios de prestigio y que los alumnos se esforzaban para conseguir esas metas; sin embargo, no se les estaba educando sobre la justicia.
La verdadera motivación de la carrera de abogado es poder conseguir que se haga justicia y ellos mismos deben ser personas honestas que no estén persiguiendo prebendas o beneficios personales, sino que deben estar entregados a la misión noble de buscar la verdad para que se de la justicia.
Todos escuchaban, me daban la razón, pero todo seguía igual. Era fácil teorizar y tener largas reuniones para conversar y resolver los problemas del Perú, pero todo quedaba allí. La vida seguía igual y yo me daba cuenta que cada uno buscaba situarse bien para no tener problemas. Nadie se atrevía a “incendiar la pradera” para conseguir que todo sea honrado y justo. Se veía que había una maquinaria que funcionaba con políticas de intereses humanos que todos consentían. Las voces de los que querían cambiar las cosas para que todo vaya mejor eran aplaudidas y allí quedaba todo, la maquinaria seguía poniendo los parámetros para que las cosas continuaran tratando de contentar a todos.
Me inspiré para escribir un libro más
Yo, sacerdote, que buscaba que todo se haga de acuerdo a la verdad, veía que mi voz se perdía en el espacio y que la gente me miraba con una sonrisa, que no sabía si era de compasión o de complicidad, como diciéndome: “tienes razón, pero no te la podemos dar”
Fui escribiendo poco a poco lo que veía. Me parecía interesantísimo lo que estaba percibiendo, nada menos que en el Poder Judicial, y que por lo tanto afectaba a miles de personas. Había que escribir no con el animo de criticar, sino con el ánimo de formar. Era necesario formar bien las cabezas. Si estaba en la comisión de ética tenía que poner los fundamentos de la misma, en un poder del Estado. Las cosas no podían seguir siendo como estaban.
Aunque sabía que yo no tenía mayor poder y que, aunque mis ideas podrían parecer brillantes, todo iba a quedar en nada, como se comprobó a la vuelta de los años; y como a mi no me gusta ser perdedor, terminé de escribir un libro titulado: “La Presencia de Dios en la lucha contra la corrupción” se lo enseñé a mi amigo Javier Villa Stein, el presidente de la Corte Suprema.
Me recibió en su despacho y me dijo que tenía la razón en todo lo que había escrito, pero que era muy difícil darles la vuelta a las cosas, porque hay mucha infección y no se refería a los que estaban en el palacio de justicia sino a todo el poder judicial. Me hizo ver que se había politizado muchísimo y se habían metido elementos de izquierda que eran marxistas, y que algunos eran incluso amigos de terroristas. El panorama lo pintaba tremendo, pero me dijo que presentara el libro en el mismo palacio de justicia.
Le pedí a mi amigo Juan Velit, que estaba conmigo en la comisión de ética, que escribiera el prólogo de mi libro y aceptó con mucho gusto. A final de año el libro estaba listo hasta que llegó el día de la presentación en el mismo palacio de Justicia.
Ese día asistió Don Vicente Ugarte del Pino, amigo de mi papá, que también fue magistrado de la corte suprema. El Dr. Ugarte del Pino tenía un gran prestigio como abogado y profesor de derecho. Asistieron algunos magistrados y varios estudiantes de Derecho. Las palabras iniciales estuvieron a cargo del mismo presidente de la Corte Suprema, el Dr. Javier Villa Stein, presentó mi libro mi amigo Juan Velit Granda.
A mi turno expliqué que quería dar la voz de alerta con este libro para tratar de eliminar los microbios de la corrupción que estaban carcomiendo la justicia en el mismo poder judicial. Los que estaban en ese día oyendo mi presentación eran amigos y estaban totalmente de acuerdo.
Esa presentación fue como una bocanada de oxigeno en un lugar donde la justicia se estaba ahogando. Si el libro no se utiliza en ese tiempo para enderezar las cosas, ese propósito quedará; Dios mediante, para la posteridad. Ojalá llegue el día en el que todos podamos ver que, en el poder judicial, a todos los niveles, jueces y vocales, se empiece a practicar la justicia. (P. Manuel Tamayo. Página web: alpakana.org).