jueves, 4 de junio de 2026

Viaje a Brasil, Una convivencia en Curitiba

El 2012 tuve la oportunidad de asistir a una Convivencia de profesionales en una casa de retiros del Opus Dei en Curitiba.

Raúl, un chofer conocido y de confianza, me recogió de mi casa a las 6.00 am en punto para llevarme al aeropuerto Jorge Chávez. Unas horas después un avión de TACA me trasladaría a la ciudad de Sao Paulo, donde debería permanecer unos días antes de mi traslado a Curitiba para asistir a un Curso Internacional de Estudios Humanísticos al que estaba invitado.

Raúl es un taxista afortunado, tuvo una vida muy difícil y alterada, pero gracias a la providencia se encontró con un buen magistrado que le abrió las puertas de un mundo honesto lleno de valores. Dentro de ese nuevo derrotero, que desconocía por completo, conoció a un sacerdote por obra y arte de un atrevimiento suyo que parecía más un asalto que una presentación.

Eran así las maneras que tenía Raúl, que ahora, después de su conversión, las empleaba para conseguir mejores caminos. Oyendo por la radio al sacerdote quedó impresionado del tema que trataba y decidió abordarlo. Estacionó el taxi en la puerta de la emisora y en cuanto lo vio salir lo invitó a subir poniéndole el carro por delate. El sacerdote desconcertado pensó que se trataba de un secuestro y alejándose emprendió otro camino. 

Raúl con toda la emoción que traía encima fue tras él y consiguió aclararle las cosas con sus buenas intenciones convenciéndolo para que subiera al carro. Estaba dispuesto a llevarlo gratis donde quisiera. El sacerdote accedió y en el trayecto fue contándole su dramática historia de final feliz, su convicción y actitud hicieron que se ganara la amistad y la confianza del presbítero, que quedó impresionado con el relato. 

Nuestro amigo taxista le había contado los pormenores de su conversión mostrándole al mismo tiempo un interés grande por acercarse a la Iglesia. No es fácil hoy que un sacerdote se encuentre con una persona tan dispuesta y tan decidida. Así son los conversos y éste llegó en la víspera del año de la fe.

Raúl en el camino al aeropuerto me mostró una surtida colección de CD con temas religiosos grabados de algunos programas de Radio María. Igual que otros conversos solía oír esos programas y no se saturaba con ellos.

Él me contaba sus avatares para que yo aplaudiera sus méritos y quedara admirado de las circunstancias que le llevaron a cambiar de vida. Relataba sus vivencias con pelos y señales afirmando con certeza que se trataba de auténticos milagros, que muchos, y especialmente los sacerdotes, deberíamos conocer.

Aunque parecía que exageraba la nota, no reflejaba ningún síntoma de fanatismo en sus expresiones, eran más bien respuestas entusiasmántes, de un hombre que había sido golpeado por unas manifestaciones especiales de la gracia de Dios, que cambiaron una vida disipada por otra mucho más ordenada.

Son los caminos que utiliza la Providencia con algunos, que también motivan en él, en su familia y en quienes podemos advertirlo, una acción de gracias perenne. A Raúl le faltó tiempo para hacerme escuchar, mientras viajábamos al aeropuerto, el audio de un padre agustino que estaba exaltando la figura de San Josemaría Escrivá, «le prometo entregarle una copia cuando usted regrese de Brasil» afirmó rotundamente antes de bajar la maleta cuando llegamos al aeropuerto.

Aeropuerto y viaje

A las 6.30 am ingreso al Jorge Chávez. No había mucha gente; me acerco de inmediato a counter de TACA, paso la maleta y me entregan el boarding pass.  Aprovecho la generosidad del tiempo para ir a la capilla del segundo piso y hacer un rato de oración frente al Santísimo, saqué la agenda para rezar por mi gente y los éxitos del viaje que emprendería en unos minutos. Cuando estaba por terminar escucho por los auto parlantes la invitación para que pasara a la sala de espera.

Después de unos rigurosos controles y de comprar unos chocolates peruanos para regalar en Brasil, ingresé al avión que estaba repleto de pasajeros. Apagamos todos los celulares y empezó el decolaje. En el aire, cuando la nave se estabilizó, nos invitaron un almuerzo tempranero, mi reloj marcaba las 12.30.

Brasil está 3 horas adelantado con respecto al Perú; el viaje duraría unas 4 horas.  Si todo iba bien llegaríamos a Sao Paulo a las 6.00 pm. Antes de salir de Lima había visto en el internet que nos esperaba un cielo cubierto con algunas precipitaciones leves. Efectivamente cuando estábamos en el aire sobre Bolivia, el capitán de la nave nos informó que el avión se movería un poco. A partir de allí fue como el carnaval, fuimos danzando prácticamente hasta Sao Paulo.

A las 5.15 pm anuncian la llegada y el consiguiente aterrizaje en el aeropuerto de Guarulhos. Oteo el paisaje por la ventanilla y empiezo a ver una seguidilla interminable de rascacielos. Pensé que aterrizaríamos enseguida pero no fue así, estuvimos volando durante 40 minutos encima de São Paulo, no era que el avión estuviera dando vueltas, era que estábamos sobre una de las ciudades más grandes del mundo.

Brasil tiene casi 200 millones de habitantes y São Paulo es la ciudad más poblada del país, tiene en total 16 millones. Del aire es muy difícil distinguir los distintos tipos de construcción y los diferentes barrios, todo parecía igual. A las 6.00 pm, como estaba previsto, el avión tocaba la pista de aterrizaje. (P. Manuel Tamayo. Página web: alpakana.org).

 

 

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