jueves, 24 de julio de 2025

EL FALLECIMIENTO DE MI MADRE

Era febrero de 1995. Estaba haciendo una convivencia anual en Larboleda, la casa de retiros del Opus Dei en Chosica. Recién habían terminado de remodelar el oratorio, haciéndolo más grande, con un estilo colonial, como muchas de la Iglesias que encontramos en nuestro país, que fueron diseñadas con el estilo barroco en los tiempos de la evangelización, siglos XVI y XVII.

Larboleda estaba más grande, porque habían construido un pabellón nuevo con más habitaciones. Eran días de verano.

El 24 de febrero fuimos de paseo a la playa Santa María, al sur de Lima; antes pasé a saludar a mi mamá, que me quiso invitar un pan con carne (las madres siempre se preocupan de la alimentación de sus hijos) pero no lo acepté porque estaba apurado y ya llevábamos nuestras loncheras bien equipadas por la administración de Larboleda, me despedí rápido para llegar puntual a ese paseo de verano.

Estuvimos en la playa, el mar estaba un poco picado, no era tan grato meterse, las olas eran grandes y había un poco de resaca. Los peruanos sabemos que al mar hay que respetarlo. Después de un pequeño chapuzón, almorzamos y volvimos pronto a Larboleda, y como era día de paseo, nos esperaba una buena película.


Al día siguiente

El 25 por la mañana fui a predicar a Sierralta, una casa de retiro que está cerca. Después de la Santa Misa hablé por teléfono con mi madre. Me dijo que estaba bien y volví a Larboleda para desayunar con todos.

Esa mañana, después de unas clases jugamos un partido de fulbito. Había sol, pero no calentaba tanto como ayer en la playa. Larboleda está a 37 Km de Lima, tiene un clima más seco, tan vez por estar a 800 metros de altura sobre el nivel del mar. Aunque no es mucho, en el fulbito se nota la altura.

 

Una noticia preocupante

Terminando el almuerzo, cuando estábamos de tertulia, me llamó por teléfono el P. Miguel Ángel Serna desde Lima para decirme que mi mamá se había caído y estaba inconsciente. Me preocupé mucho porque en Chosica no tenía movilidad para bajar a Lima. Gracias a Dios Mons. Juan Antonio Ugarte me prestó su camioneta y pude dirigirme a Lima imaginándome lo peor. Durante el viaje no dejaba de rezar, pero sin la serenidad suficiente por todo lo que me podría encontrar al llegar a casa de mi familia de sangre. Hice propósitos para estar tranquilo y poder ayudar, especialmente a mis hermanos en esa situación difícil por la que estábamos pasando.

Mientras manejaba trataba de rezar algo, aceptando la voluntad de Dios. El viaje se me hizo bastante largo por la prisa que tenía en llegar.


Lo que encontré al llegar

Mi mamá vivía con Rosa, mi hermana menor. Era sábado, mi hermano Guillermo se había ido a la playa con su familia. Al llegar solo vi a Rosita y a Zoila, mi cuñada, luego llegó mi hermano Augusto, estaba mi hermana Teresa con sus hijos adolescentes.

Entré al cuarto de mi mamá y la vi muerta en la cama. Me eche a llorar. En el cuarto encontré al P. Joaquín Diez, que había venido a rezar un responso, (le guardo un eterno agradecimiento, también estuvo en el funeral de mi papá).

Recé como pude y me fui a conversar con mis hermanos Augusto y Rosa para ver cómo le dábamos la noticia a los otros hermanos que faltaban.

Al caer el sol llegó mi hermano Guillermo de la playa. Le di la noticia en la puerta y no lo podía creer. Fue un golpe duro para él; Gladys, su esposa y los niños se preocuparon mucho. Al rato llegó mi hermano menor Roberto bastante descompuesto por la noticia, conversé con él y poco a poco se fue calmando. Me preguntaba como poder transmitirle a su hijo la noticia del fallecimiento de su abuelita. “Dile que el Señor se la ha llevado al Cielo y que allí está feliz con Dios”, le dije rápidamente y lo aceptó.

El Dr. Edgar Tejada hizo el certificado de defunción. Mi madre falleció de un ataque al corazón a los 79 años de edad.

En velorio se hizo en la Medalla Milagrosa, la parroquia de la casa. Pasaron a visitarla familiares y amigos de la familia. Al día siguiente, lunes 26, celebré la Misa de cuerpo presente, estuvieron Ernesto Yamaguchi y Seohyun y enseguida fue el entierro en el mausoleo de la familia del Presbítero Maestro. Se hicieron los responsos correspondientes y justo antes de la sepultura llegó, con prisa, la mamá del P. Arce, ya entrada en años. Mi mamá había pasado una temporada en su casa y ella quería despedirla, murió poco tiempo después.

La muerte de una madre

Experimenté por primera y única vez, lo que es la muerte de una madre. Estoy seguro, que, a cualquier edad, la muerte de la madre repercute hondamente en la interioridad de las personas. Es como si se parara casi todo de golpe. Te quedas sin habla, solo piensas en lo que fue tu madre para ti y tienes mucha pena.

En mi caso era la madre de un sacerdote, y ella, a mí, me tenía como un trofeo, que había ganado, con sus oraciones, dedicación y cariño incondicional. Y así era en efecto.

Mi madre se dedicó a todos nosotros, mis 5 hermanos y yo, con una entrega y abnegación increíble. Estaba plenamente enamorada de mi papá y era muy piadosa, una mujer de Misa y comunión. A mi me enseñó a rezar mis primeras oraciones y desde mi ordenación sacerdotal la vi disfrutar de tener un hijo sacerdote en la familia.

El devocionario de mi abuela

Como ya lo he contado en otras ocasiones, mi abuela paterna rezaba todos los días con un devocionario para que Dios le de un hijo sacerdote, pero no lo consiguió, el devocionario se lo entregó a su única hija mujer, que también era muy piadosa, mi tía Bertha, ella también rezó con la misma intención, pero ninguno de sus hijos varones fue sacerdote.

Cuando ya estaba mayor y antes de fallecer me entrega el devocionario de la abuela diciéndome que las oraciones habían conseguido mi sacerdocio. Agradecí mucho el devocionario y las oraciones que se sumaban a las de mi madre.

El devocionario se lo di a mi hermana Teresa, ella continuó con las oraciones y consiguió tener un hijo sacerdote, mi sobrino José Luis. Mi madre lo llegó a tratar cuando era niño y junto con mi hermana le dieron la formación cristiana necesaria para que después pudiera aceptar, sin miedo, la llamada de Dios.

Agradecimiento a las personas que ayudaron a mi madre

En los últimos años iba donde yo estaba y disfrutaba con las personas que me conocían y le daban a ella una generosa hospitalidad. La verdad es que en Chiclayo hay muchas personas buenas, que son además amables y querendonas. Mi mamá venía a verme con relativa frecuencia y la pasaba francamente bien. Tengo gratos recuerdos de esos momentos porque a ella la veía feliz.

Por el velorio pasaron varios familiares y amigos, algunos más apesadumbrados que otros. Yo aprovechaba para rezar responsos y predicar homilías para los asistentes.  En estas ocasiones la gente está un poco más sensible. Se siente el querer de las personas sinceras que te saludan con cariño y que motivan una acción de gracias que sale del fondo del alma y te llena de paz. Cuando las personas son buenas desaparecen los cumplidos. Aunque puedan aparecer algunas meramente formales.

En esos días quedé hospedado en el Centro Cultural Tradiciones, estaba de director Roberto Zoia. Procuré no dar la lata e irme cuando antes nuevamente a Larboleda, para continuar mi convivencia. Cuando llegué me dieron que habían encomendado a mi madre.

En esa convivencia estaba Mons. Juan Luis Cipriani, que a la sazón era obispo de Ayacucho. No faltaron las tertulias sobre las incursiones del movimiento terrorista Sendero Luminoso y la defensa de los ronderos en Ayacucho.

En Lima celebré la Santa Misa en el primer aniversario de mi madre en la parroquia de la Medalla Milagrosa de San Isidro y en Chiclayo la celebración fue en la Catedral.

Quedé agradecido, lleno de paz por todo lo que se rezó por mi madre en esos días, tranquilo y contento con la certeza de saber que está en el Cielo gozando de Dios y que desde allí nos seguirá ayudando. P. Manuel Tamayo.

 

 

 

 

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