El viaje a Curitiba, 2013
Al día siguiente por la mañana seguía lloviendo. Pensaba que por ese motivo mi avión para Curitiba no iba a salir. Me explicaron que rara vez se paraliza el aeropuerto y que existen los instrumentos necesarios para poder viajar con tormentas o con el cielo cubierto. Mi amigo Kuk me llevó nuevamente al aeropuerto, almorzamos en una pizzería y antes de dejarme me dio una serie de instrucciones. No tuve ningún inconveniente y pude tomar el vuelo 3331 de TAM que me llevaría a Curitiba. El avión estaba lleno, nos sirvieron un lonche y enseguida llegamos a nuestro destino. El vuelo duró solo media hora.
Esta vez todas las indicaciones eran en portugués. Menos mal que al entrar al hall del aeropuerto había un grupo de profesionales que iban al curso internacional donde yo estaba invitado. Conecté con ellos enseguida, no tuve problemas con el idioma porque había uno que hablaba castellano. Entre varios tomamos un taxi y nos dirigimos a la dirección de la residencia que nos iba a hospedar durante 20 días.
Resulta que la residencia estaba a 30 kilómetros de Curitiba en pleno campo. Durante el viaje pude ver la belleza de un paisaje encantador y cautivante. Ya me habían explicado que la zona era lluviosa cien por ciento, por ese motivo todo era de un verdor espectacular que combinaba todo tipo de plantas y flores con grandes árboles.
La residencia donde íbamos se llamaba «Sitio dos Pinhais» (el lugar de los pinos), la carretera asfaltada se perdió enseguida y entramos a una afirmada de donde se podían ver los parajes más increíbles, se veía el horizonte con pequeñas colinas llenas de árboles, en el fondo el cielo celeste con gruesas nubes blancas que cambiaban de color por el sol y creaban un paisaje distinto cada vez. Los pinos gigantes combinaban con las araucarias que eran más numerosas y le daban al lugar una tonalidad propia; se podría decir que la araucaria es el árbol típico del lugar. En el camino hacia la residencia pasamos por una colonia de Polacos que han construido unas casas estilo alemán en medio del campo y una iglesia tipo europeo que lucía bonita en medio del verdor.
En “Sitio dos Pinhais”
Llegamos a «Sitio dos Pinhais» a las 7.00 pm, había sol todavía y una temperatura de 19 grados, la casa es muy grande y espaciosa, tiene para alojar a 40 personas con habitaciones y baños individuales, a un lado de la puerta de los cuartos hay un pequeño cuadro con el escudo y el nombre de alguna ciudad brasileña, el living es amplio con una buena chimenea y una vidriera al fondo desde donde se puede observar un horizonte que combina el jardín con las colinas, la exuberante vegetación y una variedad de colores que cada día trae el cielo, la casa también cuenta con un oratorio bastante amplio y con aulas, elegantemente decoradas, para las clases o conferencias con todas las comodidades para poder pasar allí muchos días sin tener que salir: calefacción para el invierno, aire acondicionado para el verano, una tienda con útiles de aseo y de escritorio, un buen proyector para ver películas y unas buenas instalaciones deportivas: piscina de 20 mts, cancha de fútbol, dos de tenis y una de frontón.
Los jardines amplios con alamedas para pasear y contemplar los hermosos paisajes que desde allí se pueden apreciar. La puesta de sol se ha convertido en una actividad que nadie se pierde. Cada día hay una variedad de colores y figuras distintas que surgen de la combinación de los rayos solares con enormes nubes que se van desplazando a distintas velocidades por el horizonte. Este espectáculo gratuito que nos regala la naturaleza, empieza a las 8.00 pm.
La naturaleza varía tanto que en minutos se puede pasar de la luminosidad del sol a la oscuridad de la tormenta. Los termómetros también varían y obligan a sacar chompas el pleno verano. El clima es realmente grato porque no se pasa ni calor ni frío, no existen agobios ni sudores, solo la placidez de estar, tal vez, en algún paraíso terrenal.
En «Sitio dos Pinhais» estábamos 30 personas asistiendo al curso internacional de humanidades, había médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, economistas, administradores de distintos lugares del Brasil, había también uno de origen polaco, otro italiano y tres japoneses que hablaban perfectamente el portugués.
Las primeras reuniones fueron para conocernos bien. Me hice pronto con una lista de todos y a los pocos días ya podía llamarles por su nombre. No es tan fácil porque los nombres en portugués no se retienen con facilidad y mucho menos cuando hay apelativos. En Brasil se suele llamar a las personas por el apelativo familiar en diminutivo, por lo que se hace más difícil retener los nombres y apellidos oficiales.
Para mi intervención sobre el Perú me hice, con la ayuda del internet, un power poínt, con fotos de Lima y de ciudades del interior, conseguí unos buenos mapas y así pueden explicar en una reunión de una hora, cómo era nuestro país. Les llamó mucho la atención la Cordillera de Los Andes, las grandes alturas de la sierra y la escasez de lluvias en Lima. No se lo creían cuando les conté lo que pasó con Yungay en el terremoto de 1970.
En otras reuniones surgieron temas de la política internacional, como los factores que determinaron la crisis económica en Europa, o la cuestión árabe y la proyección de los países de oriente en la cultura occidental.
Se pasaron algunas sesiones de cine con películas interesantes como «La gran prueba» que se llama también «sublime tentación», «Kiseki» del director japonés Hirokazu Koreeda y dos mexicanas: «El estudiante» y «La Cristiada»
En los tiempos libres jugué unos buenos partidos de tenis, uno de fútbol, que me fue muy bien porque pude meter un gol y cuando apretaba un poco el calor tenía la piscina a mi disposición para refrescarme un poco. Tampoco pude resistir a la tentación de salir a pasear por el contorno. Hice unas caminatas por los terrenos de cultivo que pertenecen a las casas de campo vecinas, anduve entre vacas y caballos, escuchando los ladridos de los perros y el canto de los «queros queros» unos pájaros que abundan en esta zona, y aparecen de improviso entre los árboles y matorrales.
Me llamó mucho la atención ver desplazarse a velocidad por los jardines de las casas de campo a las gallinas de Angola, con un correteo alocado, como si alguien las estuviera persiguiendo. Son de color gris y tienen un aspecto voluminoso. Los entendidos dicen que son comestibles y que su carne es muy grata. Para mí era una novedad.
En Brasil hay una variedad de comidas típicas muy agradables. Se suele comer mucho en las tres comidas que se hacen en el día y al final se remata con el café, que no puede faltar. También hay variedad de chocolates y helados, pero no tienen la calidad de los peruanos. (P. Manuel Tamayo. Página Web: Alpakana.org).
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