EL FALLECIMIENTO DE MI MADRE
Era
febrero de 1995. Estaba haciendo una convivencia anual en Larboleda, la casa de
retiros del Opus Dei en Chosica. Recién habían terminado de remodelar el
oratorio, haciéndolo más grande, con un estilo colonial, como muchas de la
Iglesias que encontramos en nuestro país, que fueron diseñadas con el estilo
barroco en los tiempos de la evangelización, siglos XVI y XVII.
Larboleda
estaba más grande, porque habían construido un pabellón nuevo con más
habitaciones. Eran días de verano.
El 24
de febrero fuimos de paseo a la playa Santa María, al sur de Lima; antes pasé a
saludar a mi mamá, que me quiso invitar un pan con carne (las madres siempre se preocupan de la alimentación de sus hijos)
pero no lo acepté porque estaba apurado y ya llevábamos nuestras loncheras bien
equipadas por la administración de Larboleda, me despedí rápido para llegar
puntual a ese paseo de verano.
Estuvimos
en la playa, el mar estaba un poco picado, no era tan grato meterse, las olas
eran grandes y había un poco de resaca. Los peruanos sabemos que al mar hay que
respetarlo. Después de un pequeño chapuzón, almorzamos y volvimos pronto a Larboleda,
y como era día de paseo, nos esperaba una buena película.
Al día siguiente
El 25
por la mañana fui a predicar a Sierralta, una casa de retiro que está cerca.
Después de la Santa Misa hablé por teléfono con mi madre. Me dijo que estaba
bien y volví a Larboleda para desayunar con todos.
Esa
mañana, después de unas clases jugamos un partido de fulbito. Había sol, pero
no calentaba tanto como ayer en la playa. Larboleda está a 37 Km de Lima, tiene
un clima más seco, tan vez por estar a 800 metros de altura sobre el nivel del mar.
Aunque no es mucho, en el fulbito se nota la altura.
Una noticia preocupante
Terminando
el almuerzo, cuando estábamos de tertulia, me llamó por teléfono el P. Miguel
Ángel Serna desde Lima para decirme que mi mamá se había caído y estaba
inconsciente. Me preocupé mucho porque en Chosica no tenía movilidad para bajar
a Lima. Gracias a Dios Mons. Juan Antonio Ugarte me prestó su camioneta y pude dirigirme
a Lima imaginándome lo peor. Durante el viaje no dejaba de rezar, pero sin la
serenidad suficiente por todo lo que me podría encontrar al llegar a casa de mi
familia de sangre. Hice propósitos para estar tranquilo y poder ayudar,
especialmente a mis hermanos en esa situación difícil por la que estábamos
pasando.
Mientras
manejaba trataba de rezar algo, aceptando la voluntad de Dios. El viaje se me
hizo bastante largo por la prisa que tenía en llegar.
Lo que encontré al llegar
Mi
mamá vivía con Rosa, mi hermana menor. Era sábado, mi hermano Guillermo se
había ido a la playa con su familia. Al llegar solo vi a Rosita y a Zoila, mi
cuñada, luego llegó mi hermano Augusto, estaba mi hermana Teresa con sus hijos
adolescentes.
Entré
al cuarto de mi mamá y la vi muerta en la cama. Me eche a llorar. En el cuarto encontré
al P. Joaquín Diez, que había venido a rezar un responso, (le guardo un eterno agradecimiento, también estuvo en el funeral de mi
papá).
Recé
como pude y me fui a conversar con mis hermanos Augusto y Rosa para ver cómo le
dábamos la noticia a los otros hermanos que faltaban.
Al
caer el sol llegó mi hermano Guillermo de la playa. Le di la noticia en la
puerta y no lo podía creer. Fue un golpe duro para él; Gladys, su esposa y los
niños se preocuparon mucho. Al rato llegó mi hermano menor Roberto bastante
descompuesto por la noticia, conversé con él y poco a poco se fue calmando. Me
preguntaba como poder transmitirle a su hijo la noticia del fallecimiento de su
abuelita. “Dile que el Señor se la ha
llevado al Cielo y que allí está feliz con Dios”, le dije rápidamente y lo
aceptó.
El
Dr. Edgar Tejada hizo el certificado de defunción. Mi madre falleció de un
ataque al corazón a los 79 años de edad.
En
velorio se hizo en la Medalla Milagrosa, la parroquia de la casa. Pasaron a
visitarla familiares y amigos de la familia. Al día siguiente, lunes 26,
celebré la Misa de cuerpo presente, estuvieron Ernesto Yamaguchi y Seohyun y enseguida fue el entierro en el
mausoleo de la familia del Presbítero Maestro. Se hicieron los responsos
correspondientes y justo antes de la sepultura llegó, con prisa, la mamá del P.
Arce, ya entrada en años. Mi mamá había pasado una temporada en su casa y ella
quería despedirla, murió poco tiempo después.
La muerte de una madre
Experimenté
por primera y única vez, lo que es la muerte de una madre. Estoy seguro, que, a
cualquier edad, la muerte de la madre repercute hondamente en la interioridad
de las personas. Es como si se parara casi todo de golpe. Te quedas sin habla,
solo piensas en lo que fue tu madre para ti y tienes mucha pena.
En mi
caso era la madre de un sacerdote, y ella, a mí, me tenía como un trofeo, que
había ganado, con sus oraciones, dedicación y cariño incondicional. Y así era
en efecto.
Mi
madre se dedicó a todos nosotros, mis 5 hermanos y yo, con una entrega y
abnegación increíble. Estaba plenamente enamorada de mi papá y era muy piadosa,
una mujer de Misa y comunión. A mi me enseñó a rezar mis primeras oraciones y desde
mi ordenación sacerdotal la vi disfrutar de tener un hijo sacerdote en la
familia.
El devocionario de mi abuela
Como
ya lo he contado en otras ocasiones, mi abuela paterna rezaba todos los días
con un devocionario para que Dios le de un hijo sacerdote, pero no lo
consiguió, el devocionario se lo entregó a su única hija mujer, que también era
muy piadosa, mi tía Bertha, ella también rezó con la misma intención, pero
ninguno de sus hijos varones fue sacerdote.
Cuando
ya estaba mayor y antes de fallecer me entrega el devocionario de la abuela
diciéndome que las oraciones habían conseguido mi sacerdocio. Agradecí mucho el
devocionario y las oraciones que se sumaban a las de mi madre.
El
devocionario se lo di a mi hermana Teresa, ella continuó con las oraciones y consiguió
tener un hijo sacerdote, mi sobrino José Luis. Mi madre lo llegó a tratar
cuando era niño y junto con mi hermana le dieron la formación cristiana
necesaria para que después pudiera aceptar, sin miedo, la llamada de Dios.
Agradecimiento a las personas que ayudaron a mi
madre
En
los últimos años iba donde yo estaba y disfrutaba con las personas que me
conocían y le daban a ella una generosa hospitalidad. La verdad es que en
Chiclayo hay muchas personas buenas, que son además amables y querendonas. Mi
mamá venía a verme con relativa frecuencia y la pasaba francamente bien. Tengo
gratos recuerdos de esos momentos porque a ella la veía feliz.
Por
el velorio pasaron varios familiares y amigos, algunos más apesadumbrados que
otros. Yo aprovechaba para rezar responsos y predicar homilías para los
asistentes. En estas ocasiones la gente
está un poco más sensible. Se siente el querer de las personas sinceras que te
saludan con cariño y que motivan una acción de gracias que sale del fondo del
alma y te llena de paz. Cuando las personas son buenas desaparecen los
cumplidos. Aunque puedan aparecer algunas meramente formales.
En
esos días quedé hospedado en el Centro Cultural Tradiciones, estaba de director
Roberto Zoia. Procuré no dar la lata e irme cuando antes nuevamente a
Larboleda, para continuar mi convivencia. Cuando llegué me dieron que habían
encomendado a mi madre.
En esa
convivencia estaba Mons. Juan Luis Cipriani, que a la sazón era obispo de
Ayacucho. No faltaron las tertulias sobre las incursiones del movimiento
terrorista Sendero Luminoso y la defensa de los ronderos en Ayacucho.
En
Lima celebré la Santa Misa en el primer aniversario de mi madre en la parroquia
de la Medalla Milagrosa de San Isidro y en Chiclayo la celebración fue en la
Catedral.
Quedé
agradecido, lleno de paz por todo lo que se rezó por mi madre en esos días, tranquilo
y contento con la certeza de saber que está en el Cielo gozando de Dios y que
desde allí nos seguirá ayudando. P. Manuel Tamayo.