jueves, 25 de junio de 2026

 Un día de playa en Ilha del mel, Brasil, 2012

 En estos días de curso todas las semanas había un día libre para salir a conocer algún lugar que nos apeteciera, podíamos escoger entre varias opciones. El primer día hice un viaje hasta la costa, aquí le llaman el litoral, recorrimos 140 km, como de Lima a Cañete, para los brasileños no es nada esa distancia. Fuimos a una playa que está en una isla. El recorrido de la sierra donde estábamos hasta la costa duró dos horas, fuimos por una gran autopista y luego empalmamos con una carretera pequeña que recorría en la misma dirección del mar pasando por pequeños balnearios y alguna que otra caleta.

Llegamos a un muelle costero de un lugar llamado Paranaguá y alquilamos un barco pequeño, llamado Cair do sol, para ir hasta la isla en un viaje de media hora por el mar. Mis compañeros de excursión llevaron de todo: chalanas pequeñas para el mar, bicicletas, pelotas…y cuando llegamos a la orilla de la isla el organizador nos dijo: «cada uno puede hacer el plan que quiera, quedamos en vernos aquí a las 5.00 pm». 

El lugar, que también era paradisíaco, se llamaba «Ilha de mel», un islote bastante grande cubierto de vegetación. Para ir hasta las playas había que entrar por unos caminos estrechos, que iban surcando los árboles y matorrales, era tan tupido que parecía estar en la selva.

Daba la impresión de estar en un lugar inhóspito y salvaje, sin embargo todo estaba indicado con carteles pintarrajados de un modo rústico para no perderse, el paisaje que uno se iba encontrando en esos corredores parecía sacado de un cuento infantil: casas de madera, que eran estancias para  turistas que venían los fines de semana, restaurantes de comida campestre y tiendas minúsculas de abarrotes con lo justo para abastecerse y lo que no podía faltar: una capilla para la Santa Misa muy bien puesta. Todo eso estaba metido debajo de los árboles y funcionaba con el orden de las grandes ciudades, es que también había luz eléctrica, agua potable y una tienda que alquilaba películas.

Con los que me acompañaron recorrimos un buen trecho andando unos 20 minutos antes de llegar a la playa. La vegetación tupida continuaba casi hasta la orilla del mar donde había un peñón alto con un faro en la cima para orientar a los barcos.

La playa de arena blanca y fina, aparecía esplendorosa como un tesoro que se acaba de descubrir, llegar a ella era producía conmoción. Era algo semejante a la impresión que se lleva el que está perdido en el desierto y se encuentra con un oasis.

El descubrimiento del mar después de estar encerrados en esa selva era como la llegada de la libertad, por fin podíamos disfrutar del mar y de la arena blanca.  Esa playa era un verdadero paraíso. Rápidamente dejamos las cosas en una cueva bajo el peñón y corriendo entramos al Atlántico para darnos un buen chapuzón, se podía nadar bien en el agua tibia y cristalina que reflejaba el azul del cielo. Después de estar un largo rato en el agua, regresamos a la «selva» para almorzar y tener una buena tertulia bajo los árboles, sin nada de calor…todo gratísimo.  Nos quedamos en la playa hasta la puesta de sol, el barco nos devolvió al litoral y emprendimos el viaje de retorno por las carreteras. Como era de esperar empezó a llover y llegamos a la casa a las 9. 30 pm. 

Cada día que pasaba iba creciendo la confianza y la amistad con los demás participantes del curso. Como el trato de los brasileños es súper amable, no existe para ellos la ironía sarcástica criolla, las bromas que se hacen tienen otro matiz, se toman el pelo cariñosamente, son muy histriónicos y artistas, en sus expresiones resultan graciosos.

En las celebraciones intervienen todos, no tienen la menor vergüenza para contar un chiste, cantar o recitar una poesía, tampoco para actuar. En la celebración de los cumpleaños, que llaman aniversario, al homenajeado se le desean parabienes y se le prepara la comida que le gusta.

También hay que anotar que los brasileños tienen un «nacionalismo» simpático, que causa a la vez gracia y admiración. Es un orgullo con fundamento in re, por los logros que han alcanzado en los distintos Estados, se sienten los grandes diplomáticos del mundo y extraordinarios anfitriones, en cambio se avergüenzan de la corrupción que hay entre políticos y funcionarios. Todos los días en los periódicos aparecen casos de corrupción que son verdaderos escándalos y a ello se suma una preocupante delincuencia con muertes diarias. Ellos dicen que los periódicos exageran para darle una mala imagen a las autoridades actuales. También es verdad que en un país que tiene casi 200 millones de habitantes, los números de los muertos por violencia no son tan grandes.

En algunas tardes solariegas, aproveché la ocasión que me daban los grandes espacios de tiempo libre, para dar un paseíto por los jardines de la casa y leer un libro plácidamente, sentado en un banco en medio del verdor de la naturaleza o en mi habitación que tiene una gran ventana (janela en portugués) desde donde se contempla un bosque tupido de araucarias que se mezclan con árboles de todo tipo y se siente el canturrear de los pajarillos.

Ahora estoy leyendo una novela interesante de Mercedes Salisachs, que ha sido premio Planeta, se llama: «Entre la sombra y la luz» título adecuado para resaltar las variaciones en las tonalidades de los bellos paisajes que se pueden contemplar desde los balcones y terrazas de la casa, cuando el sol juega con las nubes y poco a poco se va apagando la luz.

También se puede ver desde mi cuarto una ermita de madera construida en el jardín y escondida entre los árboles. La visita a la Virgen no puede faltar cuando se contempla con agradecimiento la maravilla de la creación a través de la belleza natural de los paisajes. Era necesario detenerse unos minutos en la ermita para decirle ¡Gracias! a la Madre de Dios. (P. Manuel Tamayo, Página Web: alpakana.org).

 

 

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