domingo, 16 de febrero de 2025

ATERRIZAJE EN CHICLAYO,   1991

Cuando menos pensé el piloto ya estaba anunciando el aterrizaje en Chiclayo. Regresé a mi asiento, apreté el cinturón y sentí una emoción: “estoy llegando a mi primer destino como sacerdote” me acordé en ese instante de San Josemaría cuando le dijeron que vaya a “Perdigueras” un pueblito bastante perdido.

Chiclayo en cambio era una ciudad de cierto prestigio en el Perú. También recordé a Cantinflas en la película “El Padecito”, un padre joven que llegaba a una parroquia donde había un sacerdote mayor y empieza a cambiar muchas cosas. Yo no pretendía eso, ya me lo habían advertido, que tenía que llegar, mirar, aprender y valorar todo lo que habían hecho los anteriores. No es acertado el refrán que dice: “escobita nueva barre mejor”

En el momento de aterrizar

De pronto veo por la ventanilla del avión, desde el aire, cientos casas sin terminar de construir y despintadas y las calles de tierra y sin asfaltar. El avión, antes de aterrizar, estaba sobre volando encima de Leonardo Ortiz, un distrito que reflejaba desde el aire la pobreza y el descuido. Me entró un pequeño sentimiento de disgusto, hasta que observé las torres de la Catedral de Chiclayo, que lucían imponentes, me volvió el entusiasmo y por fin el avión tocó tierra en el aeropuerto José Quiñones González.

Cuando se detuvo el avión, empecé a caminar por los pasillos entre los pasajeros, que estaban tratando de sacar sus maletines y mochilas, hasta llegar a la escalinata del avión.

Al salir había un viento impetuoso en medio del calor. Recordé que también me habían hablado del ciclón del norte y que Chiclayo era terroso y ventoso. Así me recibió. Quise mirar el horizonte, pero el viento y la tierra no me dejaron.

Bajé las escaleras cabizbajo, cargando un maletín que llevaba conmigo y cuando llegué a la superficie vi a lo lejos que se acercaban, con cierta prisa, Hugo Calienes, que era el director de Las Eras, (el Centro del Opus Dei de Chiclayo) y el Padre Jaime Payeras (ya fallecido), que era el sacerdote mayor, aunque yo me consideraba en esos años “un peso pesado”, creía que los 42 años, la misma edad de Santo Toribio cuando llegó al Perú, ya era un sacerdote venerable.

 

¡Bienvenido a la ciudad de la amistad!

Hugo y el P. Payeras me dieron un abrazo de bienvenida, me preguntaron por el viaje y como había dejado a los que se quedaron en Lima. La respuesta en esos momentos fue: “todos muy bien” agradeciéndoles que hayan venido a recogerme.

No tenía muchas palabras que decir en esos momentos.  Estaba bastante emocionado, por haber llegado a Chiclayo, contento, y con ganas de que me enseñaran todo. Pero antes había que recuperar la maleta que ya estaba girando en el carrusel.

 

Hacia el Centro Cultural “Las Eras”

Metimos mis equipajes en una camioneta Lan cruiser blanca que conducía el P. Payeras y nos dirigimos a el Centro Cultural Las Eras en el barrio de Patazca.

Cuando llegamos nos recibió Oscar Sebastiani. Pasé a saludar al oratorio y agradecerle al Señor su ayuda y protección, pedirle además las gracias necesarias para ser un buen instrumento suyo el Chiclayo.

Era alrededor de las 5.00 pm, hacía calor, después de lavarme un poco, pasamos al comedor a tomar un vaso de cremolada, que venía muy bien. En ese instante el P. Payeras me dijo para ir a visitar al Obispo, Mons. Ignacio María de Orbegozo.

 

La visita a Monseñor Ignacio María Orbegozo, obispo de Chiclayo

Volvimos a subir al Lan crucier, que era una camioneta muy fuerte y segura. El P. Payeras la utilizaba para sus viajes a Santa Cruz, Chota y Cutervo, donde iba a visitar a los sacerdotes que estaban en los pueblos de la sierra para que pudieran recibir, los que quisieran, una atención de dirección espiritual.

Llegamos al parque donde está la imponente Catedral de Chiclayo, su belleza y su grandeza llaman la atención, también el edificio emblemático de la municipalidad y los teatros Colonial y Tropical que, en esos años, eran quizá, los cines más importantes de Chiclayo.

En la misma calle del cine Tropical, unos metros más, estaba el obispado. El P. Payeras estacionó la camioneta frente al portón de entrada y pasamos a visitar a Mons. Orbegozo que nos estaba esperando.

Yo conocí a Mons. Orbegozo hace muchos años, fue el día de su Consagración como Obispo Prelado de Yauyos, en la Catedral de Lima el año 1963, cuando yo tenía 15 años.

Estuve presente en esa ceremonia que se me quedó grabada para toda la vida, porque era, según decían los entendidos, imponente, histórica y de mucha trascendencia para lo que iba a venir después. Y así fue efectivamente. 

En los siguientes años solo vi a Mons. Orebegozo de forma esporádica, cuando venía a Lima y podíamos tener alguna tertulia con él.

Recuerdo una tertulia que tuvimos en la casa de retiros Larboleda, en Chosica.  La tertulia empezó al terminar el almuerzo y duró hasta la noche. Mons. Orbegozo nos contaba muchas anécdotas que él vivió personalmente con San Josemaría y los primeros del Opus Dei; nos abría los ojos para que nos diéramos cuenta del grado elevado de santidad que tenía el fundador del Opus Dei, y además contaba sucesos divertidos con tanta gracia, que nos hacía reír hasta el agotamiento.

Años después en Roma, un día que fue de visita, pude ayudarle Misa en el oratorio “Sancta María stella orientis” de la casa Central en Villa Tevere.

El Mons. Orbegozo que me recibía el año 1991 en Chiclayo ya era un hombre bastante trajinado. Se notaba claramente que habían pasado los años. Sin embargo lo vi bastante lúcido y picaresco como siempre, pero algo cansado.  Al saludarme me miró fijo y me dio la bienvenida deseándome lo mejor para mi estancia en Chiclayo. Me dijo también que nos veríamos con frecuencia, (P. Manuel Tamayo).

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