martes, 11 de febrero de 2025

 MI TRASLADO A CHICLAYO       Una noticia inesperada.    

Enero 1991

 

Cuando estaba todavía, gracias a Dios, con todo el ímpetu juvenil, en las labores con gente joven, sobre todo con escolares, en Lima, se acerca a mi el P. José Luís López Jurado, que a la sazón era el consiliario del Opus Dei en el Perú, y me propone mi traslado a la ciudad de Chiclayo. Era algo que no me lo esperaba, aunque sabía perfectamente que podría darse la posibilidad de un cambio, en cualquier momento.

 

La verdad es que me agarró de sorpresa y en ese momento mi respuesta, que tendría que ser, de acuerdo a mis decisiones de entrega a Dios, un sí inmediato y contundente. No tuve duda de aceptar, en primera instancia, la propuesta que me estaba haciendo el P. José Luis. No dije más palabras. En ese momento inesperado no se me ocurría decir nada.

 

No se si lo que me dijo el P. José Luis a continuación era una broma o estaba hablando en serio. Me dijo: “consíguete una moto y así podrás visitar a los sacerdotes de la zona”. Mi reacción fue una sonrisa. 

 


Mi primer cambio como sacerdote


Era la primera vez que me proponían un cambio de lugar. Las anteriores veces estaban relacionadas con los estudios o los medios de formación, eran cambios que ya sabía que se tendrían que dar y que además los aspiraba, como, por ejemplo, ir al Colegio Romano o al Colegio Mayor Aralar, o a la capellanía de las Torres de Belagua en Pamplona. Era algo que se daba dentro de la lógica de los primeros pasos en la etapa de formación.

 

El cambio de ahora era distinto, fue inesperado y me agarró en plena viada de lo que estaba haciendo. Había que poner un freno a mis actividades y pensar en el nuevo destino, para mi, donde todo era nuevo y desconocido.

 

A las pocas horas de haber recibido la noticia estaba feliz de haber dicho que sí, porque era mi disposición real, la que la tenía arraigada libremente. Desde que me entregué al Señor mi disposición era que iría dónde Dios me pidiera. Y en ese momento Dios me hizo saber que quería un cambio; me alegré de haber dado una respuesta inmediata a lo que me proponían.

 

Cuando se lo dije a mi madre, se entristeció mucho, porque ella veía mis actividades en Lima y le daba pena que las dejara, “y ¿quién va a continuar todo lo que tú estás haciendo?”  me decía, y se refería a la labor con los chicos y la ayuda que le prestaba a ella, que además padecía de unas úlceras que no terminaban de cicatrizar, y la ayuda que le prestaba a mis hermanos, que eran menores. Comprendió, que como era numerario, y además sacerdote, tenía que ir donde me indicaran los directores. Sin embargo, le costó mucho ese desapego por mi traslado a Chiclayo.

 

Mis amigos pensaban que ir de Lima a provincia era un descenso y me preguntaban si había hecho algo malo, para que me trasladen, cuando ellos veían que todo estaba bien. Les dije que no era un descenso y que yo no estaba en una carrera donde se va ascendiendo, que todos los lugares eran buenos y que estaba dispuesto a ir a cualquier lugar donde pudiera trabajar para las almas. 

 

Ya se acercaba el día de la partida y tenía que dejar todo preparado para que los demás pudieran continuar mis trabajos, y a mis amigos tuve que decirles que la amistad no se pierde, que es intransferible, y si es real, durará toda la vida. Gracias a Dios así fue. 

 

Quería evitar a toda costa que mi traslado pudiera parecerse al “viaje del niño Goyito” de la literatura clásica.  A San Josemaría no le gustaban las despedidas y nos hacía ver que siempre estamos cerca porque estamos unidos. Además, le vi que le decía a un chico que se iba a empezar a otro país: “yo estoy contento porque se que tú estas allí” confiaba totalmente en él.

 

El Opus Dei confía plenamente en el el trabajo que iba a realizar en Chiclayo, además me iba a vivir a un Centro de la Obra con otros numerarios y a empezar un colegio nuevo. Menuda responsabilidad. 

 

Llegó el día de la partida y me fui a despedir de mi madre. Se puso a llorar, pero se tranquilizó cuando le dije que vendría con frecuencia y que ella también podía ir a Chiclayo a visitarme. Se quedaba con mis hermanos que todavía vivían en la casa de mis padres. Gracias a Dios estaba bien cuidada.

 


Llegó El día del viaje


Era el verano de 1991, compré un boleto de ida en la compañía Faucett, que todavía operaba en el Perú. El avión salía a media tarde, fui temprano al aeropuerto con mis maletas, me acompañó el P. Miguel Arce y el hijo de un compañero de clase de mi colegio, Pedro Drinot. Me dejaron en el Jorge Chávez y pasé a la zona del embarque.


No era un viaje de ida y vuelta, era de traslado, sin fecha de retorno. Me llevaba todas mis cosas, que se habían reducido a unas pocas. Ya tenía cierta experiencia porque cuando regresé de Europa también tuve que reducir el equipaje. Es en esas ocasiones cuando uno se da cuenta que tiende a acumular cosas, muchas de ellas superfluas. Por ejemplo yo tenía mis apuntes de clases, que los había conservado, y en el momento de viaje me di cuenta que no servían para nada y me tuve que deshacer de todos esos papeles que además ocupaban bastante espacio. 

 

Para el viaje a Chiclayo dejé en Tradiciones, agendas viejas, cuadernos de apuntes, ropa que ya no usaba, casi todos libros, que pesaban. mucho. Viajé con lo justo. Llené una maleta y mandé el resto en unas cajas por bus. 

 

Sentado en el asiento del avión que está por partir piensas en todo lo que has dejado, cómo estarían los chicos de Tradiciones, cómo se encontraría mi mamá y mis hermanos. Me imaginaba también lo que podría encontrarme en Chiclayo. Me habían hablado algo de cómo iba la labor apostólica en esa ciudad y quienes estaban allí.

 

A Chiclayo había viajado cuando era adolescente y estaba en el colegio de los SSCC Recoleta, allá por los años 63, 64 y 65. Una vez hicimos un paseo a Pimentel, viajé con un compañero de clase, Pancho Navarro y nos acompañó el P. Adolfo Rodríguez Vidal que luego fue el Vicario Regional de Chile hasta que lo nombraron Obispo. Fueron días inolvidables de vacaciones en la playa. En otras 2 ocasiones viaje a Chiclayo y nos alojamos en unos anexos de Saltur donde había caballos. Nos faltó tiempo para subir en ellos y salir a galopar. Allí fue donde un caballo me tumbó al suelo y me di un susto tremendo.

 

El piloto anuncia que el avión está a punto de decolar, veo que tengo bien abrochado el cinturón y me despido de Lima persignándome mientras el avión empieza a volar. Veo por la ventanilla las casas del Callao, el mar, las nubes y rápidamente el avión toma altura. 

 

Cuando estábamos en pleno vuelo veo que en asiento delantero hay un sacerdote anciano. Me acerqué para saludarle y me dijo que era el P. Matamala y que vivía en la parroquia de Lambayeque. Le conté que me trasladaban a Chiclayo, sonrió y me dijo que le alegraba mucho porque Chiclayo era la ciudad de la amistad y que tendría buena acogida. Más adelante me enteré que el P. Matamala era muy conocido y querido en Chiclayo por sus años de trabajo y dedicación a las almas. Al poco tiempo de estar yo en Chiclayo falleció. (P. Manuel Tamayo).

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