CON MIS COMPAÑEROS DE PROMOCIÓN Y EN EL CENTENARIO DE MI PADRE
Con mis compañeros del colegio he tenido siempre una relación amical. Nos reunimos con relativa frecuencia. Las grandes reuniones fueron en los aniversarios, cuando cumplimos 25 años, el año 1990, todavía éramos jovenzones de 40 años de edad y estaban casi todos vivos. Tuvimos un gran cena en un chifa y un almuerzo en el colegio, con un recorrido por los salones donde estudiamos y las canchas donde jugábamos hasta altas horas de la tarde. ¡Gratos recuerdos!
Al pasar los años algunos compañeros partieron para el Cielo. Unos por accidente y otros por enfermedad
El año 2010 celebre la Misa del Centenario de mi Padre, una fecha memorable. La Misa fue en la parroquia de La Recoleta, en la plaza Francia de Lima. Al terminar la Misa fuimos al edificio Belén, donde vivimos muchos años cuando éramos niños. Hicimos muchas fotografías y videos. El edificio estaba vacío, parece que en remodelación. Entramos al departamento 6, no había nadie y recorrimos todos los rincones recordando tantas anécdotas que vivimos de chiquillos con nuestros padres y nuestro abuelo materno. Entrar en ese edificio era como rejuvenecer, el mismo ambiente, los mismos aires de los años 50 y 60 del siglo 20, que cada día quedan más lejanos. En esa ocasión nos acompañaron nuestros primos y algunas amistades.
Mis compañeros de la promoción 1965 de La Recoleta
Con los compañeros de colegio pasaba algo semejante, retrocedían los años y salían el lenguaje y las bromas de aquellos tiempos. Si ahora estamos en los recuerdos del 2010, con respecto al colegio habían pasado 45 años.
Los grandes organizadores de la promoción, que en una primera etapa se encargaban de llamarnos, eran Victtorio Sambuceti Vásquez, y Jorge Bernardini Yori, pero ellos fallecieron jóvenes.
Tomaron la posta Félix Álvarez y Miguel Monteverde. Cada semestre no faltaba la oportunidad de reunirnos en un chifa. Algunos asistíamos al almuerzo general para todas las promociones que organizaba el colegio en el mes de octubre y allí podíamos vernos nuevamente.
En esas reuniones generales que organizaba el colegio me quedaba con un poco de pena porque ya no estaban nuestros maestros, padres y profesores que nos formaron.
El colegio había crecido bastante, ahora era mixto y había perdido, al menos así lo sentía yo, el alma mater. Era un colegio francés, pero ahora de Francia solo quedaba el himno que cantamos al iniciar el almuerzo, era también un colegio que tenía un fuerte espíritu católico, que también lo había perdido. Lo que más llamaba la atención era la cantidad de alumnos que tenía. No me podía imaginar cómo podrían formar a tantos.
Con mis compañeros, al recordar los años anteriores, se escapaba alguna crítica, como si la educación de estos tiempos hubiera retrocedido si la comparábamos con la nuestra, aunque ahora había mejores recursos y unos sistemas modernos, como las computadoras, las tablets, y los juegos electrónicos que nosotros nunca tuvimos.
Recordábamos, con mucha gratitud, jugar al tropo, a las canicas, con el yoyo, o con los carritos de miniatura, los concursos de cometas que organizaba el colegio y desde luego los partidos de fútbol en la cancha grande, que era la ilusión de la mayoría.
Cuando me ordené sacerdote, el año 1974, fue una alegría para mis compañeros de colegio. Poco a poco se fueron acercando.
Algunos compañeros me pedían la bendición de sus casas o el matrimonio de sus hijos, como Victtorio Sambuceti y Guillermo Ratto. Jorge Bernardino fue el único que me pidió que lo casara y fue el primer matrimonio que celebré, recién ordenado, fue en la capilla del Hogar de la Madre. También bauticé a algunos nietos de mis compañeros de clase. Son tareas que uno hace con mucho gusto y satisfacción.
En otras ocasiones nos reuníamos cuando un compañero venía del extranjero, como la vez que vino Lucho Pérez de Estados Unidos y fuimos al Club Regatas para un almuerzo. Lucho Pérez era mi mejor amigo del colegio, la amistad continúa, ahora que han pasado los años; él fue el que me llevó al Opus Dei, por eso le tengo un eterno agradecimiento. Cada vez que viene nos enfrascamos en largas conversaciones. Yo pido por él para que el Señor lo lleve de la mano por el camino correcto y no permita que se salga de él. No dejo de pedir por mis compañeros de promoción para que el Señor los bendiga. (P. Manuel Tamayo. Página Web: Alpakana.org).
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