miércoles, 1 de abril de 2026

 UN VIAJE A ABANCAY, 2008

En las vacaciones del 2008 viajé hasta Abancay con Alejandro Fontana, fueron además tres chicos de Tradiciones con nosotros. Alejandro, que era director en Tradiciones, se consiguió una camioneta de doble cabina y partimos para Nazca.

En un automóvil hicieron un viaje paralelo Hugo Esquivel, su esposa Lucía Bobbio y su hijo Jaime. Ellos viajaban para Abancay para visitar al obispo y a los sacerdotes que habían conocido cuando hicieron sus prácticas médicas hace muchos años.

Salimos temprano de Tradiciones y por la Costa Verde y Huaylas conectamos con la carretera Panamericana. La primera parada la hicimos en Cañete, pasamos un rato por Valle Grande y enseguida continuamos nuestro camino. Nos quedaban muchos kilómetros por recorrer.

En hora y media estábamos en Ica, dimos una pequeña vuelta por la ciudad para comprar las famosas tejas de manjar blanco y pecanas, que son las originales y las más ricas. No podíamos quedarnos mucho tiempo para que no nos agarrara la noche en el camino. Continuamos hacia Nazca y llegamos a  la puesta del sol.

Tuvimos suerte en encontrar un hotel con playa de estacionamiento privado. Nos quedamos allí justo para dormir una noche y salimos a buscar un restaurante para comer algo. En viaje desde Lima había sido largo y estábamos con bastante hambre. Además tendríamos que acostarnos temprano para dormir bien y poder salir a primerísima hora de la mañana, antes del amanecer.

Enseguida se hizo de noche, dejamos la camioneta en el hotel y fuimos caminando hacia la plaza principal, la plaza se encontraba bien iluminada y llena de gente; nos sentamos en unas bancas a observar el paisaje urbano. Nos llamaba la atención la vida que había en esa provincia iqueña; la plaza era como una gran sala de estar de varios grupos en torno a las bancas. El barullo de las conversaciones se confundía con el ruido que hacían los carros y alguna bocina de algún conductor apurado que contrastaba con el ambiente tranquilo y sosegado de la mayoría.

En un pequeño restaurante comimos algo y nos fuimos rápido a dormir al hotel. No fue fácil conciliar el sueño después de una jornada de viaje bastante intensa.

Estaba todavía oscuro cuando nos levantamos para continuar nuestro viaje. Ya en la camioneta, Alejandro y yo nos turnábamos al volante. Alejandro quería manejar más rato y no me dejaba terminar con mi turno. Los chicos se reían.

Durante el viaje conversamos de mil cosas, unas divertidas y otras serias, también había tiempo para rezar.

En poco tiempo empezamos a subir hacia la sierra, hasta que llegamos a Puquio, que corresponde al departamento de Ayacucho. En ese tramo la carretera estaba rota y había que ir despacio para sortear los baches, y los aniegos. 

Un poco más arriba en Pampa Galera, el paisaje hermoso nos llenó de vitalidad y alegría. Además era un día de sol esplendoroso, que a esas alturas de la sierra no quemaba pero sí conseguía calentarnos un poco y olvidarnos del frío que habíamos pasado en Puquio; mientras íbamos felices en el carro escuchando música podíamos ver correr a las vicuñas en unos campos extensos que combinaban el verde con el dorado en una vegetación exuberante que terminaban en unas montañas que a lo lejos parecían dibujadas por algún artista de polendas; era un espectáculo realmente impresionante.

Pasado el mediodía llegamos a Chalhuanca, que pertenece al departamento de Apurímac y que fue zona roja, años atrás, en la época de terrorismo.

Chalhuanca es la capital de la provincia de Aymaraes. Está situada en el sur del país a 2897 m s. n. m. en la vertiente oriental de la cordillera de los Andes, a orillas del río Chalhuanca, afluente indirecto del río Apurímac. Tiene una población de 27 857 habitantes, dedicados en su mayoría a las actividades agropecuarias y a la minería.

Los sacerdotes de la Diócesis de Abancay recuerdan al Padre Pepiño, un gallego que fue muchos años párroco el Chalhuanca y que era un excelente pescador de truchas. Durante la guerra de Sendero Luminoso, el padre Pepiño tuvo que esconderse en su propia casa para que los terroristas no lo mataran. Contaba unas historias increíbles.

No pudimos parar el Chalhuanca como nos habría gustado porque nos esperaban en Abancay para almorzar y ya era un poco tarde. Llegamos a Abancay a la 1.00 pm., corriendo fuimos al Seminario, allí nos esperaba el rico almuerzo que nos habían preparado para nosotros.

Por la tarde me alojé en el Obispado, estaba Mons. Isidro Sala, obispo de Abancay, Mons. Gilberto Gómez, obispo Auxiliar de Abancay, los padres Doroteo, Miguel Ángel, Mario, entre otros. Alejandro y los chicos se fueron hasta el Cuzco.

Los Esquivel habían llegado también; las religiosas de la Divina Providencia consiguieron alojamiento para ellos.

No había vuelto a Abancay desde hacía 20 años, el 2003 pasé de largo, sin parar, cuando me dirigía al Cuzco con unos seminaristas para la toma de posesión de Mons. Juan Antonio Ugarte como arzobispo del Cuzco.

Me impresionó lo grande que estaba la ciudad, con nuevos edificios y repleta de tiendas con avisos luminosos. Antes era todo campo, no había ciudad, Abancay era un pueblito pequeño con una catedral grande. 

Esta vez me enseñaron los nuevos edificios del obispado y un colegio que era atendido por los sacerdotes de la diócesis, en un terreno bastante amplio y una construcción que se veía moderna y práctica. Me gustó mucho.


El ambiente de la diócesis

Daba gusto y era un motivo de acción de gracias a Dios ver que los sacerdotes de Abancay estaban unidos a su obispo y entre ellos. Había un ambiente de fraternidad sacerdotal francamente bueno.  Conversando con ellos recordábamos los inicios de la diócesis, cuando fue nombrado obispo Mons. Enrique Pélach. Ahora el padre Miguel Ángel era el postulador de su causa de beatificación. Me contaron que estaban recogiendo testimonios para su causa.  Me acerqué a su tumba, en la catedral, para rezar un responso.

Fue realmente admirable la labor pastoral y apostólica que hicieron el obispo y sus sacerdotes durante la guerra de sendero luminoso y lo más grandioso fue que el seminario estuviera lleno y que en esas circunstancias difíciles se pudieran ordenar cerca de un centenar de sacerdotes.

Fue lamentable cuando la comisión de la verdad que se formó para informar sobre las consecuencias de la guerra, cerró los ojos y no quiso ver, ni reconocer la magnifica labor de la diócesis de Abancay con su obispo y sus sacerdotes.  

Les animé para que escribieran la historia de esos valerosos sacerdotes que dieron su vida para lograr elevar el nivel cultural, familiar y formativo en todo el departamento de Apurímac.

Esta vez nuestra estadía fue muy corta, cuando Alejandro y los chicos retornaron del Cuzco continuamos el viaje de regreso a Lima. Ese mismo día regresaron los Esquivel, después de haber disfrutado al ver a los sacerdotes y a las religiosas que habían estado con ellos cuando hacían sus prácticas médicas en Abancay. (P. Manuel Tamayo, Página web: alpakana.org)

 

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