EL FALLECIMIENTO DE MI HERMANA
Cuando estaba en Abancay me llaman de Lima para decirme que mi hermana Teresa no estaba bien de salud. Ella tuvo, años atrás un cáncer y estuvo en tratamiento con radioterapia. El cáncer hizo metástasis y le complicó la vida y a nosotros también. En esos días le habían hecho unas pruebas y los resultados estaría pronto. No pintaba bien y nos preocupó mucho.
Mi hermana tenía 55 años, Había estado el año pasado en la ordenación diaconal de su hijo José Luis, mi sobrino. Este año empezó a sentirse mal, pero nunca nos imaginamos que vendría lo peor, al contario pensábamos que ya había superado el cáncer. No fue así, solo quedaba rezar y esperar un milagro.
Mis hermanas me estaban preparando todo para celebrar mi 60 cumpleaños el 26 de julio. La noticia de mi hermana nos afectó a todos.
En Lima la acompañamos al médico en la clínica Ricardo Palma. El oncólogo, sin “pelos en la lengua” y con mucha dureza le dio el veredicto: “ya no se puede hacer nada” Salimos muy mortificados de esa consulta y buscamos las facilidades para que mi hermana tenga un tratamiento adecuado en esas circunstancias. Se trataba de los cuidados paliativos para que pueda tener calidad de vida hasta el final.
Los días fueron pasando entre entradas y salidas de la clínica, las oraciones se intensificaron. Le llevaba a diario la comunión y ella estaba tranquila, resignada a lo que Dios le pidiera. Estaba contenta porque su menor hijo, José Luis, recibiría la ordenación sacerdotal a fin de año.
Mi hermana Teresa frecuentaba la parroquia de la Medalla Milagrosa que estaba a unas cuadras de su casa, le habían encargado los acólitos. Ella también participaba de los retiros mensuales del Opus Dei y era una mujer muy piadosa. Sus sobrinos pequeños la querían mucho porque siempre estuvo pendiente de ellos, les hacía jugar y les contaba cuentos. Su hijo mayor Gerardo mandó imprimir, a todo color y empastados, unos cuentos que mi hermana había escrito: “El hada azul” y que fueron la delicia de los niños.
Su salud se fue deteriorando de día en día. Como ya no había sitio para ella en la clínica Ricardo Palma, la llevamos a la clínica Vesalio. El 9 de agosto de 2008 mi hermana Teresa me llama por la mañana temprano para que le lleve la comunión. Comulgó con mucha piedad en su habitación, a las pocas horas la pasaron a cuidados intensivos. Le avisé a las enfermeras para que le pongan calmantes y quizá que la hagan dormir y así evitar el sufrimiento.
Al atardecer el médico nos informó que acababa de fallecer. Fuimos a cerrarle los ojos y a rezar delante de su cama. Era ya de noche y nos fuimos a cenar a un chifa cercano. Al día siguiente la llevamos a la Medalla Milagrosa donde fue el velorio. Después de la Misa de sufragio, la llevamos al crematorio. Al día siguiente fuimos al Mausoleo que tenemos en el Presbítero Maestro y allí dejamos sus restos.
Los acercamientos a Dios de muchos, que ocurrieron con el fallecimiento de mi hermana le dieron un matiz distinto a la ordenación sacerdotal de José Luis unos meses después. Recordar la vida de mi hermana con la certeza de su intercesión desde el Cielo, agrandaba la esperanza de cada uno, la fidelidad del José Luis en su vocación sacerdotal que fortalecía a toda la familia y a muchas amistades.
El salto al Cielo de mi hermana dejó una huella imborrable en todos y un compromiso de unidad y fidelidad, que, gracias a Dios, perdura en nuestra familia. (P. Manuel Tamayo; Página web: Alpakana.org)
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