VALLE GRANDE Y LOS CURSOS DE VERANO, 1998
Las
labores de Cañete me absolvieron enseguida, la Escuela Agraria, que llevaba Rigoberto
Alvarado, con chicos de la región que se quedaban a dormir una semana, con el
sistema de la alternancia.
David
Bauman se había iniciado en su proyecto pro-rural y viajaba por el Perú
conectando con los pobladores de la sierra para fundar escuelas. Tenía una
labor intensa que le exigía tener reuniones con las autoridades para sacar
también los permisos correspondientes.
Mario
Acosta estaba con el Instituto Agropecuario. Surgieron varias iniciativas. Se
compró un terreno para sembrar y se empezó una actividad que con los años se
tuvo que dejar, la llevaba Julio Céspedes; Javier Sabaté había llegado de
España y trataba a gente mayor de Cañete. Muchas veces acudía a Misa temprano a
la Catedral porque había invitado a algún amigo.
Fueron
pasando los años y los trabajos se intensificaron. Para Valle Grande y para la
Escuela Agraria llegaban donativos. El gobierno de Japón hizo un donativo
importante que permitió la construcción de nuevas aulas y la instalación de un
centro de cómputo. Se arregló la cancha de fútbol que estaba en un terreno que
llamábamos “costo cero” era más o menos prestado del municipio, pero estaba
cerrado y pusimos unas mallas en el contorno para que la pelota no saliera a la
calle. Los de Valle Grande también se dedicaron a sacar infusiones para vender,
pero duraron poco.
En
esos años se habían dejado los galpones, ya no se tenía el negocio de las
gallinas. José Alberto Lasunción construyó un nuevo pabellón de tres pisos para
la residencia de alumnos de la escuela agraria. Esas instalaciones se usaban
los fines de semana para organizar convivencias o cursos de retiro para chicos
y para mayores.
Paco
Col tenía al frente de Valle Grande las instalaciones de Radio Estrella del Sur
y consiguió otro local donde colocó una gran antena. La radio era de onda media
y llegaba a toda la región con programas culturales y educativos. También
trabajaba en Caritas ayudando a Mons. Juan Antonio Ugarte.
En
Valle Grande existía el club Azor para los chicos de colegio. Venían
fundamentalmente del Sepúlveda y de Cerro Alegre, todos los sábados se
predicaba la meditación en el oratorio y luego había un rato de tertulia. Los
domingos no podía faltar el partido de fulbito que algunas veces era los
sábados antes de la meditación. Vino para ayudar a la labor de Valle Grande
Guillermo Cáceres, que también estuvo encargado del club.
En
semana Santa hicimos un paseo a Ayacucho con chicos del Azor, fuimos en una
combi, repleta de escolares, entre ellos estaban André y Andreti Luis, sobrinos
de Ángel Luis, agregado que estaba en Lima, ellos vivían frente a Valle Grande.
Mons.
Juan Antonio Ugarte vivía con nosotros en la casa de los ingenieros, así la
llamamos para diferenciarla de la residencia de la Escuela Agraria y de la casa
de los monitores de la escuela aneja a la residencia.
En la
casa de los ingenieros había varios recuerdos de la estancia de San Josemaría
en el Perú. En el living de la casa estaba el sillón donde se sentó el Padre y
se conservaba el comedor pequeño que se utilizó en aquella ocasión, allí
almorzó con los residentes de la casa de ingenieros.
Después
del almuerzo hubo una pequeña tertulia en el living de la chimenea que lleva en
el dosel, tallado en madera, aquella arenga que San Josemaría repetía siempre:
“vale la pena”, Javier le dijo al Padre que él había tallado es inscripción,
San Josemaría le dijo que había valido la pena que lo hubiera hecho.
Después,
por la tarde hubo una tertulia general en el auditorio de Valle Grande, estaba
repleto de asistentes con cañetanos, maleños y personas que habían bajado de la
sierra de Yauyos. que ahora se ha modernizado.
Era
lo que los ingenieros de Valle Grande me contaban. La visita de San Josemaría
la tenían grabada en la cabeza y en el corazón. Eran recuerdos inolvidables que
hicieron historia en el valle bendito de Cañete. Así lo llamaba San Josemaría.
Los cursos de verano
Durante
el verano se organizaban en la residencia de la escuela cursos de verano para
los numerarios del Opus Dei, se quedaban cerca de un mes para recibir clases,
hacer deporte e ir a la playa. Pasaron muchas personas de la Obra, de distintas
edades por esa casa de retiros.
Todavía
existía la casa antigua que tenía un living con una especie de buhardilla ó
altillo donde había varios recuerdos de la vida rural de esas tierras. En el
living la alfombra era una piel de vaca y los sillones eran de mimbre, había
una mesa grande y en las paredes estaban colgados arnés de caballos, látigos incaicos,
cuadros con lampas e instrumentos del campo.
Recordamos
que un año hizo una convivencia allí Don Antonio Torrella, sacerdote numerario,
que fue el segundo consiliario del Perú, después de Don Manuel Botas. Se le
hizo un dibujo de un burrito con alforjas adosado a un triplay y se dejó en el
altillo, allí lució durante varios años.
Casi
todas las habitaciones eran múltiples, menos las de abajo que quedaban cerca
del aula de clases. En un extremo del aula estaba la cabina de cine con dos
agujeros para la proyección. Se llegó a usar una máquina para películas de 35
milímetros. Esa máquina duró muy poco y calentaba tremendamente la cabina. Se
volvió al proyector de 16 milímetros. Durante mucho tiempo fui encargado de las
películas como lo contaba más arriba, pero en Cañete solo existían un par de
películas de 16 milímetros, que las veíamos siembre: “7 novias para 7 hermanos”
y “Sansón”
El deporte siempre presente
Como
no recordar los partidos nocturnos de fulbito en la loza de Valle Grande, con
los reflectores antiguos que iluminaban tenuemente la cancha. De jóvenes
jugábamos en las mañanas y en las tardes. Entraban a la cancha notables
deportistas como Andrés Álvarez Calderón, que logró jugar en primera división,
Juan Luis Cipriani jugador de la selección nacional de Básquet, pero que
también jugaba en el Deportivo San Isidro, Arnaldo Chávez que fue arquero del
equipo juvenil del Deportivo Municipal y fue campeón de frontón en Punta Negra.
Las
convivencias en la casa de retiros de Valle Grande eran grandiosas. En esa
época de menos tráfico, la distancia desde Lima no era tan notable. En hora y
media llegabas de cualquier punto de Lima.
Muchas veces se llenaban los dos pabellones con gente joven y combinábamos,
en el verano, la playa con los partidos de fútbol, algunas veces salíamos a
jugar al estadio de Cañete o a Hualcará. En la casa, por las noches teníamos
tertulias musicales, con las canciones que estaban de moda.
Cuando
estaba en Cañete, un amigo mío Carlos Espá, me regaló el retablo que había en la
capilla de su mansión en la Av. Arequipa. Esa casona fue demolida y en ese
terreno está ahora Plaza Vea de Miraflores. El retablo lo colocamos en la
sacristía del oratorio del pabellón nuevo, que ahora pertenece a Ungará (la casa de retiros que se ha independizado
de Valle Grande). Años después se regaló el retablo a Mons. Ricardo García
y lo envió a una capilla de Cochahuasí, que es donde está ahora. (P. Manuel Tamayo. Página Web:
alpakana.org)
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