VALLE GRANDE Y LOS PASEOS DEL CLUB AZOR
Las
labores de Cañete me absolvieron enseguida, la Escuela Agraria, que llevaba Rigoberto
Alvarado, con chicos de la región que se quedaban a dormir una semana, con el
sistema de la alternancia.
David
Bauman se había iniciado en su proyecto pro-rural y viajaba por el Perú conectando
con los pobladores de la sierra para fundar escuelas. Tenía una labor intensa
que le exigía tener reuniones con las autoridades para sacar también los
permisos correspondientes.
Mario
Acosta estaba con el Instituto Agropecuario. Surgieron varias iniciativas. Se
compró un terreno para sembrar y se empezó una actividad que con los años se
tuvo que dejar, la llevaba Julio Céspedes Javier Sabaté había llegado de España
y trataba a gente mayor de Cañete. Muchas veces acudía a Misa temprano a la
Catedral porque había invitado a algún amigo.
Fueron
pasando los años y los trabajos se intensificaron. Para Valle Grande y para la
Escuela Agraria llegaban donativos. El gobierno de Japón hizo un donativo
importante que permitió la construcción de nuevas aulas y la instalación de un
centro de cómputo. Se arregló la cancha de fútbol que estaba en un terreno que
llamábamos “costo cero” era más o menos prestado del municipio, pero estaba
cerrado y pusimos unas mallas en el contorno para que la pelota no saliera a la
calle. Los de Valle Grande también se dedicaron a sacar infusiones para vender,
pero duraron poco.
En
esos años se dejaron los galpones, ya no se iba a tener el negocio de las
gallinas. José Alberto Lasunción construyó un nuevo pabellón de tres pisos para
la residencia de alumnos de la escuela agraria. Esas instalaciones se usaban
los fines de semana para organizar convivencias o cursos de retiro para chicos
y para mayores.
Paco
Col tenía al frente de Valle Grande las instalaciones de Radio Estrella del Sur
y consiguió otro local donde colocó una gran antena. La radio era de onda media
y llegaba a toda la región con programas culturales y educativos. También
trabajaba en Caritas ayudando a Mons. Juan Antonio Ugarte.
EL CLUB AZOR
El
azor es un ave cazadora que va a grandes velocidades. El club tomó ese nombre
para dar a entender que los chicos que sean socios debían formarse bien para ir
a grandes velocidades y conseguir que el mundo sea mejor. Jorge Gandolfo diseño
un bonito escudo para el club y en la cancha de fulbito se pintó un azor con
las alas extendidas.
El
club Azor existía para los chicos de colegio. Venían fundamentalmente del
Sepúlveda y de Cerro Alegre, todos los sábados se predicaba la meditación en el
oratorio y luego había un rato de tertulia. Los domingos no podía faltar el
partido de fulbito, o de fútbol si había más gente, algunas veces se jugaba los
sábados antes de la meditación, o después, de noche con los reflectores
encendidos.
Al
poco tiempo de estar allí, vino, para ayudar en las labores de Valle Grande,
Guillermo Cáceres, que también estuvo encargado del club.
En
semana Santa hicimos un paseo a Ayacucho con chicos del Azor, fuimos en una
combi, repleta de escolares, entre ellos estaban André y Andretti Luis,
sobrinos de Ángel Luis, agregado que estaba en Lima, ellos vivían frente a
Valle Grande.
El
paseo fue sensacional, fuimos por la carretera de Los Libertadores, que estaba
nueva, paramos en Huaytará para ver un pequeño museo incaico y luego
continuamos a Rumichaca donde está el desvío a Huancavelica. Tuvimos que
atravesar los cuatro mil metros de altura. Alguno se mareó un poco pero pronto
se le pasó.
En
Ayacucho nos contaban lo que tuvo que vivir, en esas tierras, Mons. Juan Luis
Cipriani, en las épocas del terrorismo, cuando muchos lugares de Ayacucho eran
zona roja, por la presencia de Sendero Luminoso. Mons. Cipriani tenía que
esconderse muchas veces para evitar algún posible secuestro.
Una
noche tuvimos una tertulia impresionante con el P. Nemesio Villacrés que fue
rondero antes de ordenarse sacerdote y nos contaba lo que pasaba él y su
familia cuando se enfrentaba Sendero con los ronderos o con soldados del ejército.
Algunas familias tenían hijos en el ejercito y en sendero luminoso. Los
enfrentamientos fueron duros y crueles. Algunas veces los senderistas
ajusticiaban con pena de muerte a las autoridades, en las plazas de los
pueblos, en presencia de sus propias familias.
En
Ayacucho vimos la imponente procesión de semana santa con el fervor de la gente
del lugar mezcladas con una multitud de turistas que estaban más por turismo
que por peregrinación. En otro sector de la ciudad también había turistas
libando licor en unos festejos que no eran propios de esos días que se recuerda
la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo.
Después
de los oficios de Semana santa, ya en la Pascua fuimos a la pampa de la Quinua,
allí donde está el obelisco que recuerda la batalla de Ayacucho, camino a
Huanta. Los chicos se bajaron a corretear y a subirse en unos ponys que
alquilaban sobre todo para hacerse una foto.
Regresamos
a Cañete felices de haber disfrutado del viaje y de haber vivido una semana
santa en la ciudad que tiene 33 templos coloniales de mucho nivel. Pensaba que,
así como en tierra santa se había instalado la violencia por el conflicto entre
judíos y palestinos, así también, en una ciudad con tanta presencia religiosa,
como Ayacucho, se había instalado sendero luminoso para destruir el fervor y la
vida cristiana de sus habitantes. El demonio ataca los lugares más sagrados con
persecuciones y matanzas. El príncipe de la mentira quiere destruirlo todo y
conseguir que los hombres se pierdan. (P. Manuel Tamayo)
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