UN NUEVO OBISPO COADJUTOR PARA CHICLAYO
En el verano de 1997 tendría que dejar Chiclayo y volver a Lima. Habían nombrado Mons. Jesús Moliné, obispo coadjutorde Chiclayo. Asistí a su ordenación en el atrio del Santuario de Nuestra Señora de la paz, lo habían toldado, pero el sol era tan fuerte que se organizó en poco tiempo un verdadero horno. Recuerdo que yo ya estaba sudando antes de revestirme.
Hacía un calor espantoso y se vislumbraba desde el inicio un fastidio generalizado. Concelebré con un grupo numeroso de sacerdotes de Chiclayo, y con el Nuncio, Mons, Orbegozo y Mons. Jesús Moliné. Al poco tiempo de empezar la Santa Misa se veía en el suelo gotas de sudor de los concelebrantes. Fue realmente angustioso, el tiempo pasaba y todos miraban el reloj con grandes deseos de que terminara.
Nos contaba Mons. Orbegozo que él usaba tirantes y cuando estaba en plena concelebración, los botones de los tirantes saltaron y se le caían los pantalones. Tuvo que arrimarse al altar para hacer presión y así podía aguantar hasta el final de la Misa. Mons. Moliné empalideció y empezó a sentir un vértigo. Antes de que acabe la Misa tuvo que ser asistido porque ya no podía más. Salió después de la comunión y le acompañaron el Nuncio y Mons. Orbegozo. Uno de los sacerdotes dio la bendición final.
Al terminar todos estábamos acalorados y creo que más felices porque había terminado la ceremonia que por la consagración del nuevo obispo. En muchas ocasiones hemos recordado con gracia y agradecimiento este día memorable.
Mi retorno a Lima
Mi familia y mis amigos limeños estaban contentos con mi retorno; mis amigos chiclayanos, en cambio, no querían que me vaya de la “ciudad de la amistad”, algunos hacían planes para visitarme en Lima y otros esperaban un pronto retorno, aunque sea solo de visita.
Las despedidas suelen ser un poco tristes por lo que dejas, pero al mismo tiempo, estas contento, por el trabajo que podría realizar en Lima, en la tierra que me vio nacer. Allí me esperaba una bonita labor con escolares y universitarios. Con 49 años todavía tenía fuerzas para estar en actividades con gente joven. En Chiclayo nunca dejé de jugar fútbol todos los fines de semana y asistir a los paseos con los chicos.
Llegó el día de hacer las maletas y de enviar por encomienda algunas cajas con libros y apuntes. Ese año había aprendido a manejar la computadora que teníamos en la casa, una sola para todos y bastante limitada. La utilizaba solo para las cuentas. Los sistemas operativos eran escasos. Era la época del Word Perfect, aunque en Chiclayo no llegué a entrar a ese sistema.
El día de la partida los chicos me llevaron a la estación de Cruz del Sur y antes de subir al ómnibus me cantaron algunas canciones de despedida, era todo un griterío con hurras y aplausos, les di un abrazo a cada uno y rápidamente subí al ómnibus, evitando más emociones. Un adiós rapidito por la ventana y a empezar un capítulo nuevo en Lima. Me quedaba toda una noche para recordar, rezar y dormir. No fue fácil.
Llegada a Lima
El ómnibus de Cruz del Sur llegó a la estación a primera hora de la mañana. Un taxi me llevó al Centro Cultural Costa donde me recibió Paco Bobadilla, estaban allí entre otros el P. Javier Chessman, Miguel Samper y Emilio Arizmendi, que todavía era laico.
La casa estaba llena de gente, ocupaban todas las habitaciones y todavía no la atendía la administración. Me habían prestado un carrito Volkswagen para la atención de las labores asignadas en Lima y todos los días iba a Los Andes, la casa Central de la Obra en Lima, para recoger los almuerzos y comidas de todos, que allí las preparaban. Después tenía que devolver los tapers vacíos. Esa operación se repetía a diario y se añadía, una vez a la semana, un viaje más, para llevar la ropa a lavar y recoger la ropa limpia junto a las sábanas y toallas.
En el Centro Cultural Costa, después de las comidas, había una larga jornada para lavar los platos, fuentes y vasos. Dejábamos todo el orden.
Esta operación se repetía a diario y ocupaba un buen tiempo de nuestra jornada, pero era muy edificante para todos, sobre todo en los tiempos de inicio, cuando todavía no podíamos contar con una administración.
Los días se pasaban volando. Al poco tiempo de llegar me pidieron que vaya algunos días a Cañete para ayudar al P. Gonzalo Chocano que tenía demasiado trabajo, con los dos Centros, Valle Grande y Condoray. Además tenía que ocuparse de atender a los sacerdotes de la sss+ al menos un día a la semana.
Un Toyota Corona
Un día me llamó por teléfono de Arequípa el P. Ricardo García para animarme a comprar el carro que estaba dejando Edwin Heredia porque se iba a comprar otro nuevo. Me decía Ricardo que el carro que dejaba estaba casi nuevo porque lo utilizaba muy poco. Era un Toyota Corona. A mí que me gustan los carros, se me prendió el foquito y estudié la forma de hacerme con el carro, hasta que lo conseguí.
Cuando ya tenía el Toyota Corona me propusieron irme a Cañete como capellán de Valle Grande y para atender a los sacerdotes de la Prelatura de Yauyos.
Traslado del Padre Chocano
En Valle Grande estaba Oscar Sebastiani, que había salido antes que yo de Chiclayo.
En la casa vivía Mons. Juan Antonio Ugarte, que había pasado de Obispo Auxiliar del Cuzco ha ser Obispo Auxiliar de la Prelatura de Yauyos y ese año el 15 de marzo, fue nombrado Obispo Residencial de de Yauyos. Mons. Luis Sánchez Moreno Lira, pasó de la Prelatura de Yauyos a ser arzobispo de Arequipa (1996-2003).
En la casa de los ingenieros de Valle Grande vivían: Francisco Col, José Alberto Lasunción, Andrés Álvarez Calderón, Javier Sabaté, David Bauman y el P. Gonzalo Chocano, que es pariente mío, y que nos volvimos a juntar después de algunos años.
Grande fue mi sorpresa cuando el P. Gonzalo me dijo que le habían propuesto trasladarse a Canadá y que había aceptado. Me pidió una gramática francesa pensando que yo, como había estudiado en La Recoleta, tendría una. Le pude conseguir el mismo libro de francés que usamos nosotros en el colegio y así fue repasando.
Me habían dicho que estaría un tiempo corto en Cañete y me quedé ocho años. En Valle Grande me preguntaron si tenía teléfono celular. En 1997 los celulares eran enormes y tenían una antena que también destacaba. En Lima había visto que algunos manejaban unos teléfonos bastante grandes, que parecían radios de comunicación.
Grande fue mi sorpresa en Cañete cuando un día Oscar Sebastiani llegó de Lima con un paquete grande, era un teléfono celular para mi, fue el primero que tuve y me instruí para poder manejarlo bien. Esos aparatos solo funcionaban en determinadas zonas, donde había cobertura.
Aunque ya había venido varias veces a Cañete, vivir allí era distinto. Los días eran más largos que los de Chiclayo y además todo estaba a mano. (P. Manuel Tamayo).
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