miércoles, 2 de abril de 2025

 

LA HISTORIA DE NIL CESAR PINHEIRO LA SALLE

Conocí al famoso Nil Cesar y nos hicimos buenos amigo. Era coetáneo, había nacido dos años después que yo en Fortaleza, Brasil. Era futbolista, vino al Perú para jugar con el Sporting Cristal y luego pasó al Aurich. Cuando dejó el fútbol se dedicó a la televisión, pasó por varios canales como animador de espectáculos con su acento brasilero, participó también en la famosa orquesta del Cholo Montenegro y estuvo vinculado a la farándula chiclayana.

Era excéntrico, bullanguero, muy buena persona, amigable y bastante generoso. Le tenía una gran devoción a San Josemaría. En su habitación había una foto grande del santo y cada vez que salía a la calle se despedía de él.

Conversaba mucho conmigo de sus planes y trabajos. Quería difundir por su cuenta la devoción de San Josemaría. Mandó imprimir un dosier con fotografías, como un encarte de varios aspectos de la vida del Fundador del Opus Dei. Todo esto sucedía antes de la beatificación del santo de lo ordinario. Sacó unas estampas amarillas, más largas de tamaño y al final ponía su nombre y apellido.

Todo lo hacía con mucho cariño, aunque de un modo muy original que llamaba la atención. Cuando vino mi mamá a Chiclayo le faltó tiempo para hacerle una entrevista, se volcó con ella en alabanzas por ser la madre de un sacerdote, la trató con bastante cariño y veneración, también le hizo otra entrevista a Walter Alba, el arqueólogo descubridor del Señor de Sipán, muy famoso en todo el Perú, y lo animaba, con mucha gracia, para que asistiera a los retiros que se organizaban en Las Eras.

En la televisión tenía un programa que se llamaba: “El show de Nil Cesar”. Falleció el 2018 a los 68 años de edad.

Nil César era de esos amigos distintos, que nunca faltan en la vida de un sacerdote que está abierto a todas las personas. Él era excéntrico, metido en la farándula y un hombre que quería resolver los problemas de los demás pero que también se encontraba, de vez en cuando, atorado en algún laberinto, y como buen futbolista sabía salir airoso de esos embrollos, que no le quitaban la alegría que siempre mostraba a sus amigos. 

Era muy especial y sabía manejarse en todos los ambientes de la sociedad chiclayana. Lo vi por última vez el año 97, cuando me fui de Chiclayo. Lo recuerdo siempre y pido por él para que el Señor lo tenga en su gloria. 

 

El autogolpe de Fujimori

Las cosas en el país iban caminando con los imponderables que suelen ocurrir entre los gobernantes y las sorpresas que llegan sin avisar. 

Ante la negativa del Parlamento para otorgarle amplios poderes para legislar sin fiscalización, Fujimori tomó la decisión de disolver el Congreso de la República el 5 de abril de 1992. Esta medida, que fue justificada como un intento de restaurar el orden y enfrentar la crisis política y económica que enfrentaba el país, fue recibida con una mezcla de apoyo y condena tanto dentro como fuera de Perú.

Gracias a Dios el país había recuperado una estabilidad económica y un orden en las universidades y en los centros que antes habían sido focos de agitación política. Esta decisión convulsionó al país, unos apoyaban y otros no. Era difícil imaginarse lo que vendría después. 

La labor con los sacerdotes de Chiclayo

Yo continuaba con mi trabajo en las labores del Opus Dei en Chiclayo, con mucha esperanza en formar gente buena y decidida para involucrarse en la mejora del país y del mundo. 

Antes de salir de Lima me dieron el encargo de ayudar al P. Payeras en la atención a los sacerdotes de Chiclayo que pertenecían a la sociedad sacerdotal de la Santa Cruz.

Ya traía la experiencia de Lima y de mis correrías por Abancay. Es una labor muy bonita de acompañamiento para ayudar a los sacerdotes a ser fieles en sus compromisos en los trabajos de la diócesis. Mons. Orbegozo sabía que iba a dedicarme a esa labor y estaba muy contento y agradecido, porque habían muchos chicos jóvenes en el seminario y ya se habían ordenado varios sacerdotes chiclayanos. Magnífica esperanza para el futuro de la diócesis y de la Iglesia.

El P. Payeras me llevó al seminario donde conocí al Rector el P. Ramón Roca, un español, que tendría cerca de 60 años. Me presentaron enseguida a dos formadores el P. Mario Ramírez y el P. Marco Cortez. Ellos eran peruanos y llevaban pocos años de ordenados. 

Poco a poco fui conociendo al clero Chiclayano, muchos de ellos era españoles y socios del Opus Dei como Hilarión Rubio, Plácido Olivares, Guillermo Areán, Eutiquiano Saldón, Juan José Miranda, José Vales, Pepe Casero, entre otros.

Los peruanos que conocí ese año eran: Héctor Vera, Manuel Zamora, Carlos Mundaca, Sergio Castro y otros más que también eran socios del Opus Dei.

Con los sacerdotes me reunía una vez a la semana en la parroquia de Vianney, que estaba al lado del seminario y de vez en cuando jugábamos partidos de fulbito en la cancha del seminario. 

Cada año en el mes de diciembre concelebraba en la Misa de las ordenaciones sacerdotales. Se ordenaban sacerdotes de la diócesis de Chiclayo y de la prelatura de Chota. Con el Padre Payeras nos distribuíamos el trabajo, yo conversaba lógicamente, con los sacerdotes más jóvenes y algunos seminaristas y él con los mayores. 

Era una labor muy bonita. Con los seminaristas les ayudábamos a  reforzar su afecto al Señor, a la Iglesia, al Papa, al obispo de la diócesis, a los sacerdotes y a los demás seminaristas. 

Nos alegraba mucho cuando los seminaristas terminaban sus estudios y el obispo los ordenaba de diáconos. Eran momentos de mucha alegría en el seminario y en la diócesis. El día de las ordenaciones era una fiesta grande, las familias estaban felices y los papás de los recién ordenados muy orgullosos de sus hijos. 

La fiesta era más grande cuando eran las ordenaciones sacerdotales. Todos los años esperábamos con ilusión el día de las ordenaciones. Gracias a Dios el número de los sacerdotes fue creciendo significativamente en la diócesis de Chiclayo y el la Prelatura de Chota. (P. Manuel Tamayo)

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