EL TERREMOTO DE PISCO
El 15 de agosto del 2007, estaba conversando con Rafael López Aliaga en una salita del Centro Cultural Costa, cuando en medio de la conversación empezó a moverse todo. Salimos volando a la puerta de la casa y vimos que todo se movía horizontalmente. Los postes de luces parecían un péndulo en movimiento. Nosotros sujetos a la reja de la casa esperábamos que termine. De pronto vimos como una ráfaga de luz, como si alguien hubiera tomado una foto gigantesca con un flach potentísimo. El movimiento fue bastante largo.
Más tarde nos enteramos que epicentro había sido en Pisco y que muchas casas se habían derrumbado. La tragedia más grande ocurrió cuando se cayó la Iglesia principal que estaba llena de fieles, que asistían a la Santa Misa el día de la Asunción de la Virgen, el número de persona fallecidas fue bastante elevado. El hotel Embassy, que era uno de los mejores también se vino abajo y con un saldo de fallecidos bastante grande.
En Ica y en Cañete se dañaron varios templos y hubo que organizar una reconstrucción inmediata. Algunas podían repararse y otras tendrían que reconstruirse íntegramente, como la Iglesia de Luren en Ica, que tuvieron que hacerla de nuevo, con los mismos planos, para respetar la tradición, que los mismos fieles exigían. Se hizo un magnífico trabajo que quedó francamente bien, y yo diría que mejor que la anterior.
Los obispos de Ica y Cañete tuvieron que dedicar tiempo, y algunos años, para conseguir los medios y reconstruir sus templos.
Mons. Héctor Vera fue nombrado obispo de Ica el año 2007 por el Papa Benedicto XVI. Llegó a su nueva diócesis para iniciar una etapa de reconstrucción. Quiso, desde el primer momento, acercarse a los sacerdotes de la diócesis y hacer crecer el seminario que le había dejado su antecesor, Mons. Guido Breña. El local Seminario era bastante grande, faltaban solo los seminaristas. Hizo algunas modificaciones en ese local y en la casa del obispo donde iba a vivir.
Tuve la oportunidad de visitarlo en los inicios de su labor episcopal, cuando estaba todo por hacer y se proyectaba con gran ilusión y esperanza, pensando en las vocaciones que saldrían de su seminario.
Desde Cañete venían a visitarlo y él también iba a San Vicente para asistir a un círculo que se daba para los sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, quedarse al almuerzo y poder conversar con muchos sacerdotes amigos, que estaban presentes en esa reunión semanal.
En Ica había empezado una incipiente labor del Opus Dei con algunos cooperadores. Hice algún viaje de Lima para visitar a la familia Cámere que también era numerosa y vivían en Angostura. Teníamos largas conversaciones hablando de la futura labor del Opus Dei en Ica y de la educación de los hijos, que todavía eran pequeños.
Me acompañaba en esos viajes el Padre Juan Buendía que era amigo de Oscar Camino, un ingeniero agrónomo, como él, que tenía a su cargo la hacienda Tacaraca. Recordaba que, bastantes años atrás, Había hecho paseos, a esa hacienda, con chicos del Centro Cultural Tradiciones.
Ica era una ciudad bastante querida en casa de mi familia de sangre, porque mi papá fue unos años agente fiscal allí y recordaba esas tierras con mucho cariño; de vez en cuando cantaba la canción de Huacachina, haciendo referencia a la tradicional laguna, en un paisaje, que era una especie de oasis en el desierto, muy visitado, en esos tiempos, por distinguidos turistas que se alojaban en el famoso hotel Mossone, que estaba, como aislado, en medio de un arenal, pero con vistas a la laguna de aguas verdosas.
Lo que más recordaba de Ica eran las famosas tejas que se vendían en la plaza principal debajo de los enormes ficus que protegían del calor y daban una sombra bastante generosa para los que se ponían debajo.
Y como me gusta mucho el fútbol, en la liga de Lima, que en esos años se llamaba campeonato de fútbol nacional existía el famoso “Centro Iqueño”, que era un equipo de primera división con notables figuras.
Mi padre, muy aficionado a la literatura, escribió, cuando vivía en Ica, una serie de poemas que llevaban por título: “Romance iqueño”
En los años 30 y 40 del siglo XX no era fácil venir a Ica por carretera. El camino era bastante peligroso sobre todo el tramo que atraviesa los cerros de arena que en esos años le llamaban “¡Ay mama!”, que era la expresión del chofer al ver las curvas peligrosas junto al precipicio. Ahora hay una magnífica autopista.
Después del terremoto del 2007, mucha gente se volcó para ayudar a los iqueños, especialmente a los de Pisco, que sufrieron más destrozos. Pero, en la medida que pasaban los años, se fueron olvidando y algunas zonas, han quedado, hasta la fecha, bastante abandonadas y necesitadas de trabajos para una buena reconstrucción. La Iglesia principal de Pisco, que se vino abajo, sí fue totalmente reconstruida, gracias a un donativo de la Arquidiócesis de Lima. (P. Manuel Tamayo. Página Web: Alpakana. org).
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