miércoles, 10 de diciembre de 2025

 UN MILAGRO MÁS  

El ómnibus de la municipalidad de Lunahuaná nos dejó en el aeropuerto Jorge Chávez. Allí nos bajamos los 23 seminaristas y yo. Algunos eran menores de edad y tenían que pasar a mi lado con su carta notarial. Hicimos el vuelo en la compañía “Aero Postal” de Venezuela que nos llegaría al aeropuerto de la Guaira a unos kilómetros de Caracas. Era la escala obligatoria para poder tomar el Lufthansa que nos llevaría a Frankfort.

En el aeropuerto de la Guaira no había aire acondicionado y hacía un calor infernal. Uno de los soldados se acercó a mi, me pidió los papeles y después de hacerme algunas preguntas me dijo que le acompañara al sótano. Bajé con él donde estaban nuestras maletas y me pidió que abriera una. Al abrirla encontramos varias chompas de alpaca, bufandas e imágenes de la Virgen de la Madre del Amor hermoso para vender. El soldado me miró señalándome la maleta. No se qué cara le puse y me dijo que la cerrara. Cerré la maleta y allí acabó todo. No dijo nada. La Providencia nos protegió de un modo admirable.

Llegamos a Frankfort después de cruzar el Atlántico.  Teníamos que cambiar de avión, a uno más pequeño, de la misma compañía, que nos llevaría a Roma. Estuvimos unas horas en la sala de espera y los chicos, emocionados por estar en Europa y ansiosos por conocer Frankfort. Les dije que no se podía salir porque estábamos de tránsito. Mi miraban como si yo hubiera dado esa ley que no les permitía salir del aeropuerto. Armando Caycho, un seminarista mayor, dejó su saco y el maletín de manos en una butaca y salió de la sala de embarque, quería curiosear un poco y termino fuera del aeropuerto. Cuando quiso regresar no le dejaron entrar. Él trataba de modular y hablar despacio en castellano, pensando que el funcionario que estaba en la puerta le entendería. No hubo manera. Nosotros preocupados porque ya habían llamado para subir al avión y él no llegaba. Menos mal que encontró un turista que hablaba castellano y alemán y fue el que dio las explicaciones para que le dejaran entrar. Llegó justo cuando estábamos subiendo por las escalinatas del avión. Todos lo miramos de una manera inquisitiva. Él estaba asustado.

Llegamos a Fumichino y ahora todo era en italiano. Con los seminaristas habíamos tenido un par de clases para que aprendieran algunas palabras en italiano y pudieran defenderse en Roma. Al llegar, en el aeropuerto, los 23 me bombardeaban en preguntas. Se notaba en los rostros la alegría de haber llegado por primera vez a la ciudad eterna.

Días antes habíamos coordinado los alojamientos de los chicos en unos módulos que ofrecía la organización de la canonización. En esos días el municipio italiano facilitó las movilidades para los desplazamientos de los peregrinos en Roma. Los buses no cobraron pasajes y eso facilitó nuestros desplazamientos con 23 seminaristas. Yo tuve la suerte de alojarme en un hospicio frente al Vaticano, estuvo conmigo Mons. Ugarte y un periodista de RPP que se juntó a nosotros: Miguel Humberto Aguirre, que falleció hace muy poco a los 93 años de edad.

El primer día en Roma fuimos lógicamente a San Pedro. En el camino apareció un sacerdote, el P. Aldo que se quedó como nuestro guía y orientador. Después de recorrer la plaza San Pedro nos encontramos con un seminarista de “Sedes Sapientiae” (Seminario internacional) y nos dijo que nos esperaban para el almuerzo. Allí nos encontramos con Miguel Chumpitaz, un seminarista peruano que estaba estudiando allí.

El 2 de octubre de ese año fuimos todos a conocer Villa Tévere. Los que nos atendieron se emocionaron cuando les dijimos que éramos de Yauyos. Cada seminarista llevaba el nombre de Yauyos prendido en la solapa. Rezamos en la tumba del Padre después de visitar algunos ambientes de Villa Tévere.

Los otros días paseamos por Roma, visitando sus calles, plazas y museos, hasta que llegó el día de la canonización, el 6 de octubre. Había que llegar a la plaza de San Pedro a las 4.00 am. Los seminaristas se vinieron a mi alojamiento. De noche los metimos a una habitación a todos para que descansaran un poco. La mayoría se acostó en el suelo. Media hora antes de las 4.00 am ya estaban preparados para salir. Había que caminar unas cuadras para entrar en la plaza San Pedro. A las 5.00 am ya estábamos sentados en nuestras sillas y muy bien situados. La gente fue llegando poco a poco hasta que llenaron la plaza.

Participaron 500 obispos de todo el mundo. Se encontraban cerca de 2,000 sacerdotes. Habían más de 1,000 chicos voluntarios, 37 agrupaciones corales, 1,200 voces, 15 cámaras de televisión. Estaban presentes delegaciones de 14 gobiernos, habría unos 100 mil españoles y en la plaza estarían 300,000.00 personas de todo el mundo.

La ceremonia de la canonización fue maravillosa. Todo estaba muy bien cuidado: la liturgia, las lecturas, los cantos. A la hora de la consagración hubo un silencio impresionante. Al final el Papa recorrió en Papa Móvil la plaza San Pedro ante el saludo y la algarabía de la gente.

Los otros días también los disfrutamos. Estuvimos al día siguiente en la acción de gracias. (P. Manuel Tamayo, Pagina Web: Alpakana.org).

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