LA AMISTAD CON LOS ESPINOZA, Chiclayo 1993
Todo se inició con
mi amigo Julio César, el 93 lo animé para que se trasladara a Chiclayo con su
familia, como era profesor conseguimos que entre al colegio Algarrobos.
A Julio César
Espinoza, lo conocí en el primer trabajo que tuve recién ordenado sacerdote,
como profesor de religión en el colegio Markham. Allí nos hicimos amigos.
Unos años después lo
nombraron director del colegio Holly Trinity y me pidió que lo ayudara en la
dirección espiritual de los chicos. Estuve
yendo una temporada para conversar con los escolares y de vez en cuando les
daba una charlita. Julio César tenía a sus hijos en ese colegio, todavía eran
pequeños.
En los inicios del Algarrobos
El año 93 el colegio
Algarrobos necesitaba contratar profesores. Como Julio César era Chiclayano y
yo lo conocía bien, que mejor que un amigo, que además tenía familiares en Chiclayo,
para que venga a trabajar con nosotros.
Estando en el Centro
Cultural “Las Eras” había tenido contacto con la familia Espinoza, que además
eran vecinos nuestros en el barrio de Patasca.
En la misma manzana
vivían “las tías”, así llamaban a tres ancianas bastante mayores. La casa era
grande, tenía tres pisos y varias habitaciones. Allí se alojaban los Espinoza
cuando llegaban de visita a Chiclayo. Venían de distintas ciudades para
celebrar los aniversarios familiares.
En distintas
ocasiones, durante el año, caían en la casa de “las tías” Así conocí al papá de
Julio César, a las Violetas que eran tres señoras y señoritas, a Pedro, y a
Marco, a Clarita y a Ana Karina, (madre e hija) que eran las más jóvenes.
Un buen día estaba
en mi casa y suena el timbre. Bajé para abrir la puerta y eran tres chicos:
Walter, Andrés y Ricardo Espinoza, hijos de Ricardo y Martha Espinoza. Toda la
familia había llegado de Argentina y venían a establecerse al Perú. Ricardo era
médico, la esposa argentina y los chicos tenían dos hermanas. Estaban de paso
por Chiclayo. Hice amistad con ellos, salimos de paseo a la playa y les enseñé
lo que hacíamos en Las Eras, también se apuntaban a los partidos de fulbito en
el colegio Algarrobos, y algunas veces acolitaban en las Misas que celebraba. Las veces que iba a Lima me invitaban a su
casa.
Cuando mi mamá me
venía a visitar a Chiclayo no dejaba de pasar por casa de “las tías” donde la
recibían con mucho cariño. Ella estaba asombrada porque todos los Espinoza la
abordaban y la colocaban en un pedestal por ser la madre de un sacerdote.
Las anfitrionas de mi madre
Mi mamá se sentía
importante y muy agradecida. La verdad es que muchas familias de Chiclayo se
volcaban con ella y la querían tener en sus casas: Sara Yahiro, Maruja Sotelo, Graciela Barandiarán, Milka Salcedo, Nelly
Bobadilla, y las Espinoza, Amorós, Carrasco, entre muchas otras familias
chiclayanas.
A la mayor de “las
tías” la llamaban “Toyita” y cuando cumplió 100 años le hicieron una fiesta. Me
invitaron a la celebración y terminé cantando con la guitarra las canciones de
los gloriosos años 60 que todos conocían. La pasamos en grande.
En esos años fueron muchas las ocasiones de estar en alguna celebración de los Espinoza, sea para bendecir una casa, asistir a un matrimonio, celebrar una Misa de aniversario, o ir de visita rutinaria. Hemos estado siempre muy unidos para cualquier eventualidad.
Siguen pasando los años y la amistad con los Espinoza continúa. Hace poco celebramos en Lima el cumpleaños numero 100 de Violeta Espinoza, que vino desde Chiclayo. Tuvimos una Misa en La Molina y luego un magnífico almuerzo con toda la familia. Ellos también estuvieron presentes cuando cumplí mis bodas de oro sacerdotales.
La amistad con los Espinoza y con muchas familias más de Chiclayo perdura en el tiempo y marca una página importante en nuestras historias. Son esas historias que se recuerdan siempre con cariño. (P. Manuel Tamayo).
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