LA ERMITA DE CANCHARÍ
Cancharí son unas ruinas que estuvieron dominadas
por los Huarcos, una población indígena que, en su tiempo, fueron rivales de
los Incas. Tiene un territorio extenso entre Cerro Azul y San Vicente.
En una de las colinas, pasando San Luis y muy cerca
de San Vicente, luce una simpática ermita que desde hace unos años lleva el
nombre de “la Virgen de Cancharí”
José Alberto Lasunción, (ahora está muy mayor y
retirado de todas sus actividades) era un ingeniero muy versátil, tenía varias
empresas en Cañete y en los alrededores: desmotadoras, construcción, carpintería
y ordenaba su tiempo para poder estar en todo. Construyó algunas casas y con
las desmotadoras consiguió máquinas y muchos recursos para sacar adelante sus
proyectos. En Valle Grande hacía los arreglos en la casa de los ingenieros y en
la de retiros, que también la usaban los alumnos de la escuela agraria. José
Alberto era un hombre que tenía capacidad para darle trabajo a muchas personas.
El día que tocaba pagar a sus empleados iba al banco, sacaba el dinero y con
una lista en mano le pagaba a cada uno, su sueldo, en metálico. Gracias a Dios
nunca lo asaltaron.
Un buen día decidió hacerle una ermita a la Virgen
en una pequeña colina situada al lado de la hacienda Arona y pegada a la
carretera Panamericana. Yendo en auto por la carretera se alcanzaba a verla.
Como la ermita estaba en la cima de la colina había
que construir también un camino, que subía desde la carretera. Serían unos 100
metros más o menos.
Todos los años en la fiesta de la Inmaculada se
celebraba allí la Santa Misa con una asistencia numerosa de peregrinos. Los
demás días del año se organizaban romerías. Era agradable estar en la pequeña
explanada rezando el Santo Rosario o conversando con algún amigo.
La
Hacienda Arona
Muy cerca de Cancharí está la hacienda Arona, de
Luis Alayza. Se entra desde la carretera por una pista llena de árboles hasta
la casa hacienda, un poco más al fondo se encuentra una cancha de fútbol, que
fue siempre muy solicitada.
Recuerdo entrañablemente los partidos que jugamos
allí con los chicos de Valle Grande o con los sacerdotes. Un día organizamos un
equipo con Juan Luís Cipriani y Andrés Álvarez Calderón, que eran buenos
futbolistas, y nos fuimos a jugar con un equipo de la hacienda. No recuerdo
quien ganó, pero sí recuerdo que al final del partido había que tomar cerveza
con un solo vaso para todos. Esa era la costumbre.
Cerca también estaba “Milquito” una empresa que
vendía leche y quesos, que en esos tiempos tuvo fama y prestigio en todo el
Perú. La llevaba Germán Echecopar, que era amigo nuestro, cuando íbamos a
visitarla nos atendía muy bien y nos invitaba a probar sus productos.
La hacienda Montalbán
La hacienda Montalbán también estaba cerca, pero en
esos años se encontraba un poco abandonada. Pedro Beltrán ya había fallecido y
al menos yo no conocía a nadie de la hacienda y tampoco veía que alguien fuera
a visitarla. Paco Coll nos contaba de las invitaciones que le hacía el mismo
Pedro Beltrán en los primeros años de Vallegrande, cuando todo era Radio ERPA,
Escuelas Radiofónicas, Populares, Americanas.
Con Pedro Beltrán sólo llegaron a tener amistad los
ingenieros de Valle Grande, que aún no llegaban a los 40 años de edad. Eso
ocurría en los años 67 del siglo 20.
Ahora en los terrenos de Pedro Beltrán están Valle
Grande, Condoray, El Santuario de la Madre del Amor Hermoso y la empresa de
ómnibus “Perú Bus” tiene ahora, en un espacio, cerca de la carretera, su
terminal de buses y han construido además un grifo para el abastecimiento de
sus unidades y para los que quieran utilizarlo. (P. Manuel Tamayo, Página
Web: alpakana.org).
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